12 de diciembre de 2007

El Fantasma Verde Y La Arena Del Adriático

newDIBUJO 12bis

El fantasma verde no había sido siempre de ese color. En realidad los fantasmas son incoloros... Y totalmente inofensivos. A este en concreto le gustaba vagar sin rumbo fijo por los espacios abiertos, dejándose guiar por los vientos, y atravesar los objetos que se interponían a su paso por el mero placer de sentir el cosquilleo de su materia sacudiendo su gelatina incorpórea. Cuando un sitio le atraía particularmente se detenía y se quedaba flotando, inmóvil, observando el paisaje. Generalmente después se dormía por espacio de unas horas... o de unos meses. El problema de los fantasmas, y en especial del fantasma verde, era su exagerada propensión al sueño. El caso es que cuando en esta ocasión había despertado tenía construida una casa enorme a su alrededor, y su primera impresión fue de verdadero pánico. Salió disparado como una centella atravesando tabiques, muebles y cualquier otra cosa que se cruzara en su camino, y sólo cuando se vio en espacio abierto su corazón transparente se tranquilizó. Reconoció el valle frondoso en que se había detenido antes de quedarse dormido y examinó la casa no sin cierta aprensión.

No era ninguna construcción fuera de lo común ni tenía particularidad especial que la distinguiera del resto de las casas que había conocido antes. Sin embargo le gustó. El capricho de los fantasmas no deja de resultar sorprendente. Decidió sin más miramientos quedarse a penar algunos años por sus habitaciones y dejar de una vez en suspenso su vida nómada e indómita. Después de todo, el hecho de que hubieran erigido aquella casa sin él haberse percatado le colmaba con una sensación muy agradable de amparo. Se quedó sin pedir permiso a los inquilinos. En realidad los posibles habitantes de la casa le traían sin cuidado. Se los cruzaba en sus primeros paseos por los pasillos sin reparar tan siquiera en ellos. No le interesaban demasiado los desconocidos ni gozaba con las artimañas que suelen utilizar los fantasmas para provocar el miedo en los mortales. Era bastante vago, por eso muchas veces adoptaba formas sólidas que hicieran más confortable su pereza. Se convertía en un enorme almohadón relleno de plumas de ganso o en un suave edredón de tonalidades cálidas, o simplemente en una desnuda silla de madera apoyada contra un rincón del desván.

Este fantasma era además bastante desmemoriado. Recordaba el haber sido un tanto pendenciero cuando estaba vivo, pero por mucho que intentaba pensar no lograba nunca aislar la causa o causas concretas que le habían condenado a esta muerte errante. No es que lo pasara muy mal, esa era la verdad. Su carácter era más bien retraído y solitario, pero algunas veces, sobre todo en las noches de verano, cuando etéreo como una medusa de mar se mecía entre la brisa que subía del río, echaba de menos las caricias de una mujer.

Entre tanto se le iban pasando los años sin apenas enterarse. Poco a poco su piel invisible de fantasma fue adquiriendo un tono verde mohoso de tantos inviernos largos y húmedos. Y se convirtió en el fantasma verde que Raquel conocería más tarde.

Una noche lluviosa de otoño en la que el viento ululaba con lamentos del mismo infierno, al fantasma verde le pareció distinguir, confundidos entre las sacudidas furiosas de la borrasca, otros gemidos más apagados pero sin duda alguna de procedencia humana provenientes del piso inferior en que se encontraba. Para el fantasma verde las noches de tormenta eran sagradas. Cualquier sonido que desafiara a los elementos desatados de la naturaleza constituía para él un verdadero sacrilegio. De modo que un poco enfadado se dejó resbalar por las escaleras dispuesto a hacer callar al intruso. Y allí, en mitad del pasillo, estaba la niña. Así la llamaba él desde la primera vez que la había visto, años atrás, aunque ahora ya no lo era tanto. Estaba echada en el suelo, descalza, con el rostro apoyado contra una puerta, y envuelta en un llanto silencioso roto en ocasiones por agudos quejidos.

La visión de aquella niña jugando a ser tormenta y dejando llover agua desde sus ojos nublados dejó al fantasma verde en un éxtasis de ultratumba. Desde entonces comenzó a prestarle más atención, a espiarla por las noches con una curiosidad que a él mismo le resultaba un tanto ridícula al principio, como si fuera una concesión a debilidades propiamente humanas que él creía ya superadas con creces. Era la hija de los dueños de la casa y bastante propensa a la melancolía. Tenía una dulzura que se adivinaba en sus maneras pero que permanecía sepultada por pensamientos amargos que le oscurecían la mirada.

Así que el fantasma verde se dedicó a observarla como una tormenta más. La esperaba en su habitación hábilmente camuflado, para que ella no pudiera verle, y desde que llegaba todo su cuerpo de gelatina era un enorme ojo prendado de sus gestos. Ella reía, lloraba, leía, cepillaba su cabello, o permanecía simplemente tumbada sobre la cama mirando el cielo enmarcado por la ventana. Cuando se retrasaba, el fantasma verde se ponía furioso porque temía que le hubiera sucedido algo malo y que él no había podido hacer nada por evitarlo. Cuando llegaba cansada, se extendía bajo el sillón en que ella se acurrucaba, junto a la cama, y la consolaba en silencio.

Hasta que un día decidió darse a conocer. Había sido un día especialmente malo para el fantasma verde. Había pensado mucho y había llegado a la conclusión de que necesitaba paz. Pero no sabía cómo conseguirla. Quizá le ayudaría hablar sobre sus problemas fantasmales. ¿Y quién mejor que la niña como compañera de confidencias?

Cuando una tarde de septiembre ella abrió la puerta de su habitación y se encontró el fantasma verde en mitad de la alfombra, mucho más verde que de costumbre por la vergüenza, casi le da un síncope... a ambos.

Pero después de esta primera impresión pasajera la cosa marchó sobre ruedas: se hicieron muy amigos. Tanto, que ninguno de los dos tenía secretos para el otro. Tanto, que ella se apartó más todavía del mundo de los adultos, ese mundo sobre el que ella ya había mostrado cierto recelo.

Raquel estaba acostumbrada a ver fantasmas. Los había visto en las películas y en las ilustraciones de algunos cuentos de terror. Pero la imagen que tenía de ellos no se correspondía demasiado con el aspecto que le ofrecía éste: una especie de mermelada temblorosa de color verde musgo del tamaño de un enanito. Siempre había pensado que los fantasmas de verdad irían vestidos con una gran sábana blanca con dos orificios a la altura de los ojos y una colosal bola de hierro arrastrando de una cadena de presidiario. El fantasma verde se rió de buena gana y le explicó que sí, que efectivamente ese había sido su aspecto durante algunos años, pero que la vestimenta de los fantasmas se iba renovando con los siglos y que cada cual era muy libre de adoptar el traje que quisiera. Él no se veía muy favorecido con su sábana, por lo que decidió quitársela y andar desnudo por ahí. Además, no tenía mucho sentido taparse hasta los tobillos cuando no existía cuerpo alguno que cubrir.

Raquel se quedó pensativa. Sin embargo ella lo estaba viendo. ¿Cómo era aquello posible? El fantasma verde tuvo que reconocer que no lo sabía muy bien, que había muchos misterios en esto de los fantasmas que ni él mismo conocía. Pero lo que sí era verdad era que con el tiempo había adquirido la habilidad de adoptar las más variadas formas físicas y la facultad de hacerse visible a voluntad, cuando a él le apeteciera. Y para demostrárselo se convirtió en caballito de mar, en teléfono y en mineral de cuarzo, sucesivamente, ante los ojos asombrados de Raquel, que ya sentía un poco de envidia de no poder ser ella también un fantasma."Te envidio", decía ella. "Yo también", contestaba él, "porque puedes llorar".

Raquel era una llorona de primera. Lloraba por todo, todo la ponía triste. Lo que más triste la ponía era que el sol se marchara todos los días, como si muriera, y que el cielo se quedara negro durante tantas horas. Tenía miedo de que una mañana el sol se quedara dormido y se olvidara de salir de entre las montañas y que todo fuera oscuro a partir de entonces.

"¿Y tú por qué quieres llorar?", le preguntaba Raquel. Y el fantasma verde se callaba, sin saber qué contestar. Un día había venido la muerte a recogerle y de repente se encontró vagando por las orillas del mar Adriático. Le pareció muy extraño. Despojado de recuerdos, recorría la arena de las playas del mar Adriático para hurgar entre su olor. Sentía la llamada de la arena del Adriático y sabía que allí estaba la respuesta, pero no lograba acordarse de nada. Sin embargo todo aquello resultaba a la vez familiar y cercano. Cuando estaba a punto de recordar, las imágenes se le escurrían y se quedaba como al principio, sin saber a qué atenerse. Así se había pasado una buena cantidad de años.

Raquel le tenía mucho cariño al fantasma verde, y al oír esta historia se puso a llorar desconsoladamente. Se reunían por las tardes cuando ella regresaba del colegio cargada de tareas para el día siguiente. El fantasma verde la ayudaba mucho en geografía, porque desde que estaba muerto había viajado por casi todo el mundo. Embelesada, le oía contar sus aventuras por las selvas de Asia o sus correrías por los fondos más profundos del océano, que estaban plagados de montañas y cordilleras enteras como en la tierra. Pero su lugar favorito era el Adriático, quizá porque tenía mucho que ver con la melancolía de su amigo. Le hacía contar una y otra vez los detalles más insignificantes y ella escuchaba embobada con los ojos traspuestos de asombro: "La arena del Adriático es fina y de color negro desvaído como el carbón y el mar que la acaricia es tibio y plateado al contacto con el sol". Cuando el fantasma verde le habló de los millones y millones de granos de arena que puede haber solamente en una playa diminuta de todo el Adriático, Raquel se mareó y tuvo que sentarse un rato de la impresión.

A la hora de la merienda Raquel se preparaba un bocadillo y a veces traía otro para el fantasma verde. A pesar de que el hambre era un placer que ya no podía sentir, comía junto a ella. Raquel se partía de risa viendo cómo los trozos del bocadillo se trituraban solos, sin boca ni mandíbula que los masticasen, prácticamente en el aire. Y él era feliz viéndola reír.

Una tarde Raquel llegó un poco más seria de lo que en ella era habitual, dejó los libros sobre la mesa, y con voz trémula le pidió al fantasma verde que le hiciera el favor de convertirse en rana. El fantasma verde se sorprendió un poco de aquella petición, pero con su habilidad característica realizó la transformación en un instante. Y entonces Raquel cogió la rana entre sus manos y acercándola hasta su boca la besó. La besó una vez y esperó. La besó cuatro o cinco veces más y volvió a esperar. Después, con sumo cuidado, la volvió a depositar encima de la cama y se echó a llorar. El fantasma verde se sobresaltó, recuperó su aspecto de mermelada temblorosa y le preguntó a Raquel por la razón de aquel llanto. Entre sollozos ella sacó un pequeño libro que había traído de la biblioteca y lo abrió en una página para que él lo pudiera ver. Era un libro de cuentos con dibujos muy bonitos. En ellos aparecía una princesa besando a una rana que después se convertía en un hermoso príncipe rodeado de estrellas azules. Mientras Raquel lo miraba con los ojos anegados de lágrimas, el fantasma verde notó que se ponía verde esmeralda de la emoción por aquellas lágrimas de amor.

Cuando el fantasma verde percibió que Raquel estaba lo suficientemente preparada, decidió que era hora de practicar el experimento. Había pasado ya algún tiempo desde que se conocían y Raquel estaba dejando poco a poco de ser una niña. Su curiosidad sobre determinados temas no hacía más que aumentar según se hacía mayor, así que había llegado el momento de complacerla. Ella le había oído comentar algo sobre el experimento, pero el fantasma verde se refería siempre a él con mucha cautela y de una forma vaga, cambiando inmediatamente de conversación, como si se tratara de algo de lo que no fuera conveniente hablar. Por eso que cuando le pidió que comenzara con los preparativos, el corazón de Raquel dio un vuelco de excitación.

Era una noche calurosa de verano, con una luna llena esplendorosa colgada de un cielo limpio de nubes. No había el menor rastro de viento y el aire era pesado y sofocante. Dibujaron un enorme círculo de tiza en el centro de la habitación de Raquel y dispusieron treinta y tres cirios amarillos a su alrededor. El fantasma verde estaba como ausente, recitando con voz profunda una letanía de palabras incompresibles, una especie de invocación que al irse repitiendo más y más veces llenaba el ambiente de la habitación de una electricidad opresiva. Toda aquella retahíla de preparativos parecía corresponder a un ceremonial preciso de cuyo cumplimiento estricto dependiera el éxito de lo que a continuación sucedería. Raquel esperaba, nerviosa, apoyada contra la ventana abierta.

El experimento consistía en cerrar los ojos y dejarse llevar. El fantasma verde colocó a Raquel en el centro del círculo de tiza, sentada y con la espalda muy recta, y le deseó un feliz viaje. Le dio a beber un líquido que habían preparado horas antes en la cocina y Raquel, sumida en un estado semiinconsciente, vio tras sus ojos cerrados.

Vio el tiempo de la eternidad, lento e implacable, en un gigantesco reloj de arena tan grande como un millón de montañas juntas, destilando segundos eternos. Vio a La Muerte, la que había venido a recoger al fantasma verde, vestida con túnica de arpillera y capuchón de fraile, azotando a golpe de látigo a un grupo de fantasmas que infructuosamente trataban de sofocar el fuego que en forma de furiosas llamaradas les salía por la boca. Vio interminables galerías de catacumbas, angostas y tenebrosas, en donde los huesos de los muertos se apilaban en fosas excavadas en tierra negra y humedecida por afanosos fantasmas fosforescentes, que al percatarse de la presencia de Raquel dejaban a un lado los picos y las palas y le suplicaban que les guiara por aquel laberinto hasta la luz del sol. Vio a fantasmas errantes pulular por una ciudad desconocida, tocando con caricias invisibles a los vivos a los que seguían o jugando partidas de cartas en mitad del asfalto de las avenidas, sentados tranquilamente mientras coches y camiones pasaban a su través sin inmutarse. Vio a fantasmas solitarios deslizarse como serpientes de música en el humo de las chimeneas de las fábricas y a grupos de fantasmas visitando museos como unos turistas más, mofándose de los vigilantes mientras deslizaban las lenguas sobre la superficie de los cuadros. Vio fantasmas bailarines encaramados en las barras de las discotecas sacudiendo desaforadamente sus cuerpos vaporosos. Vio fantasmas de cuerpo entero y fantasmas que sólo eran un enorme rostro luminoso, vio fantasmas corpóreos e incorpóreos, incluso a dos fantasmas enamorados tratando de besarse entre sí. Y también vio la arena del Adriático, a vista de pájaro, deslizándose ante sus ojos en toda su inmensidad, así como el mar de plata rizado por las brisas de los cielos formando espumas que expulsadas por las olas se fundían con los remolinos de arena que se arrastraban por las dunas. Comprendió en ese mismo instante la soledad de los fantasmas y supo que tenía que ayudar al fantasma verde. Lentamente se fue despertando.

Raquel inspeccionó de nuevo el contenido del maletín por si se había olvidado de algo importante, lo cerró y se lo entregó al fantasma verde. El fantasma verde estaba un poco desconcertado porque no veía la utilidad de aquel equipaje, así que le recordó a Raquel por enésima vez que los fantasmas no necesitan ni cepillo de dientes ni pijama para dormir. El fantasma verde se puso de color verde chillón cuando se despidieron con un abrazo. Era necesario reanudar la búsqueda del misterio que le impedía encontrar la paz: regresaría a la arena del Adriático para rastrear de nuevo las pistas. Recogió el maletín y se fue. Prometió a Raquel que volvería. Volvió al cabo de diez años. Y no volvió para quedarse.

El recuerdo del fantasma verde había permanecido incólume con el paso de los años. Raquel nunca había dudado del reencuentro. Su vida había cambiado externamente, pero en el fondo seguía conservando su esencia suave de flor. Cada día se despertaba con la esperanza de que se aparecería en la puerta de su habitación, verdoso y encantador como antaño. Todavía conservaba en su mente las vívidas imágenes del experimento y cómo estas habían sido determinantes en su intención de convencer a su amigo para que emprendiera de nuevo el camino de su redención.

El fantasma verde se precipitó hacia el suelo en forma de relámpago quebrado, desde el vientre cargado de lluvia de una extensa masa nubosa que se había adueñado de todo el cielo del valle. Se fue a clavar, en medio del estrépito del trueno, en los surcos labrados de un campo de cebollas, iluminando con claridad espectral los recovecos de las nubes de arriba y los perfiles de los escarpados peñascos de la tierra, como si su majestuosa anunciación anulara de pronto las sombras de la oscuridad. Se sacudió el polvo de su gelatina verdosa y oteó el horizonte, con el maletín que Raquel le había prestado en equilibrio sobre su cabezota informe de fantasma. Había fallado por un par de kilómetros solamente y su intención de sorprender a Raquel con aquellos alardes de artificio se vio un poco decepcionada. Pero no se dejó vencer por el pequeño error de cálculo que había cometido y echó a andar resueltamente entre las cebollas desperdigadas por la explosión de su entusiasmo.

Se abrazaron. Su alegría fue desbordante en el recuerdo del pasado que les unía. A Raquel se le atragantaban las palabras de tantas cosas que tenía que contarle al fantasma verde. Pero el fantasma verde no era el mismo de antes. Dejó hablar a Raquel y la escuchó atentamente. Cuando hubo terminado carraspeó nerviosamente y le confesó gravemente que no le quedaba mucho tiempo. Su vida de fantasma estaba a punto de terminarse debido al éxito de la empresa que le había alejado de ella diez años atrás. Como un favor especial le habían concedido la gracia de poder visitarla antes de partir definitivamente, con el fin de devolverle el maletín que tan amablemente le había prestado y para contarle los pormenores de su aventura. Raquel se sentó a escucharle, triste y alegre a la vez por la suerte de su amigo.

Nada más abandonar la casa de Raquel, el fantasma verde había adoptado la forma de un globo aerostático para aprovechar mejor las corrientes del viento. Recorrió mil veces la tierra y mil veces volvió a la arena del Adriático para escudriñar cada uno de sus granos. Hasta que un día, sobrevolando una remota región que no le resultaba del todo desconocida, reparó en una casita en la punta más oriental de una ciudad, inmóvil bajo la bruma de la canícula de agosto. Convertido en ave del paraíso, descendió hasta sus inmediaciones y se coló por la rendija de una ventana entreabierta, con una sensación creciente de que el letargo de su memoria iba lentamente disipándose. El interior estaba vacío y abandonado, aunque en algunas estancias aún permanecían restos desperdigados del antiguo mobiliario. Sobre una repisa devorada por la carcoma había una botellita de cristal con un tapón de corcho y con algo parecido a arena en su interior. Sobrecogido de espanto, destapó la botellita y olió su contenido. Se habría muerto de la impresión si no lo hubiera estado ya. Sintió que el reloj de arena de la eternidad se detenía en su goteo interminable por unos instantes. Y súbitamente recordó. Aquella había sido su casa cuando estaba vivo. Recordó su propio nombre y su aspecto mortal. Y recordó que había estado enamorado de una hermosa mujer cuyo nombre era Irina. Los dos eran jóvenes, se habían conocido en una ciudad del norte en donde estudiaban. Ella vivía cerca de una playa del Adriático. Su amor era difícil, difícil por la distancia que los separó después. Irina le rogó que la esperara, que soportaría el dolor de la separación hasta el momento en que ella lo llamara a su lado. Él esperó y desesperó durante mucho tiempo. Y cuando estuvo a punto de pensar que la espera había sido en vano, ella lo llamó. ¿Cómo lo hizo? Le envió por correo una pequeña botella de cristal con arena del Adriático y al destaparla y reconocer en esa arena el olor a mar de Irina, se dijo que aquel olor y aquella arena quedarían impresas en su alma para siempre. Y así fue. Presa de una intensa agitación por volver a verla cogió seguidamente su coche y tomó el camino del Adriático. Pero el destino se rió de ambos y el coche se despeñó acabando con su vida. Desde entonces su espíritu vagó entre la desazón y el olvido en los subterráneos de los muertos, con la condena del viaje inacabado pendiente de culminación. El amor desmesurado por Irina le había cerrado las puertas del descanso y la llamita de su alma tendría que flotar reacia a la muerte injusta. Irina. ¡Qué terrible locura volver a recordar su nombre! ¡Qué ansiada paz le sobrevenía con su recuerdo! Regresó al Adriático, pero no a sus arenas inmensas. En una de sus apartadas calas localizó la casa de Irina. Todavía vivía. A través del cristal de su ventana la vio sentada en un confortable sillón, viejita y cansada, canturreando una canción al compás de su mano temblorosa. ¡Irina! Y en ese momento la luz parpadeante de una estrella le anunció el pronto advenimiento de la paz que tanto anhelaba.

La figura verde del fantasma iba apagándose poco a poco mientras relataba estos acontecimientos. Sin embargo, antes de desaparecer por completo ante los ojos de Raquel para desvanecerse definitivamente en las partículas invisibles del aire, rozó la mano de su amiga y la dejó impregnada de diminutos granitos de arena. Raquel sintió por primera vez el contacto de la arena del Adriático con la que tantas veces había soñado.



14 comentarios:

Otra bruja dijo...

Eres definitivamente un gran narrador. Esta historia de amor puro es dignísima heredera de la del fantasma de Canterville, que también revelaba a su pequeña amiga el sentido de la vida y de la muerte.

Raquel dijo...

Sos un tesoro. Venite conmigo. Vos sos camille no? No tenés más cuentos?

Anónimo dijo...

así siento yo a los fantasmas, a mis muertos. a los muertos de los demás. gracias por confirmar mis anhelos con tus bonitas palabras.

Tito dijo...

parece para niños pero tiene su mala leche. tierno y no empalagoso. bien escrito. muy buenas las imágenes de los fantasmas y los muertos, con humor negro bien dosificado. ánimo. no transcurre en ningún sitio, no hay referencias geográficas (salvo el adriático claro), es como si fueran huérfanos, apátridas. doblemente fantasmas.

Berta dijo...

No drugs but love. Realmente hay fantasmas a nuestro alrededor, guías espirituales y ángeles que nos sobrevuelan... El cielo sobre Berlín. Una película para ver. Para creer. Only love can conquer hate...

rober dijo...

buena escritura, buen fantasma... nos olvidamos a menudo de que somos eternos aunque la memoria a veces nos falle.

Anónimo dijo...

bello relato, con imágenes rotundas: los fantasmas en el museo, o aquellos otros que no consiguen besarse. chapeau.

Anónimo dijo...

Precioso cuento... Todavía no he leído El Corazón tierno. Prefiero guardarlo para más adelante. Si me atreviera te preguntaría por qué no te prodigas más con tus textos.

Anónimo dijo...

fantastique!

Gertrude dijo...

así me imaginé yo a los fantasmas, desde que era niña. y la ilustración también me encanta, es muy original. lo voy a fotocopiar, quiero leerlo en papel.

Otrora dijo...

Otro fantasma:

THE PHANTOM OF THE OPERA

CHRISTINE:
In sleep he sang to me,
in dreams he came...
that voice which calls to me
and speaks my name...
And do I dream again?
For now I find
the Phantom of the Opera is there,
inside my mind...

PHANTOM:
Sing once again with me
our strange duet...
My power over you
grows stronger yet...
And though you turn from me,
to glance behind.
The Phantom of the Opera is there
inside your mind...

CHRISTINE:
Those who have seen your face
draw back in fear...
I am the mask you wear...

PHANTOM:
It's me they hear...

CHRISTINE-PHANTOM:
Your/My spirit
and my/your voice in one combined.
The Phantom of the Opera is there
inside your/my mind ...

CHORUS:
He's there, the Phantom of the Opera...
Beware, the Phantom of the Opera...

PHANTOM:
In all your fantasies,
you always knew
that man and mystery...

CHRISTINE:
... were both in you...

CHRISTINE-PHANTOM:
And in this labyrinth
where night is blind.
The Phantom of the Opera is there/here
inside your/my mind...

PHANTOM:
Sing, my Angel of Music!

CHRISTINE:
He's there the Phantom of the Opera...

Fausto dijo...

sigo el orden. es afortunadamente la misma historia. el factor sobrenatural elevado a la enésima potencia. un fantasme verde, y además con foto. escarbar y escarbar en la tierra para encontrar el cielo del otro lado. sigo el orden.

DianNa_ dijo...

Camille, que bonito cuento y que fantasma, de los que no dan miedo y gusta recordar :)
Me encantan tus cuentos, relatas de maravilla.
Besos, niño^^

Silvia dijo...

Tierno, tierno...
Un fantasmita encantador...

 
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