31 de diciembre de 2007

El Pianista

newDIBUJO 17bis

25 de diciembre de 2007

Diario Póstumo de una Muñeca - Poem 63

música
el peso soportable de las cenizas
en las lagunas rendidas del tiempo

inasibles briznas de cuerpos heroicos
gotas que destila muda memoria

santo
santo es tu vientre
y el susurro de tu piel
peinando el viento




22 de diciembre de 2007

Cuando Éramos Mariposas - Poem 77


Cuenta la mariposa mensajera

que el cielo

al sentirse solo

y nostálgico del suelo

acumula sollozos en un cesto
de color azul océano
que cuando se llena hasta los bordes

vierte en forma de trueno.


Cuenta la mariposa mensajera

que los truenos

son las manos arrugadas
del cielo
y la lluvia
lamentos menos serios,
como berrinches
de húmedo terciopelo.

Cuenta la mariposa mensajera
certezas

acerca de los amores serios
entre árboles y estrellas,
esas miradas que intercambian

de espaldas a los que duermen.

Cuenta la mariposa mensajera
que en el cielo
se recibe duelo
por la muerte del suelo,

particularmente

en cada fallecimiento
de la primavera.

Y mientras cuenta
la mariposa mensajera
arrecian los aplausos
y las palmas
de las compañeras,

saben que compartirse

tan contentas

ahuyenta a las tormentas.




15 de diciembre de 2007

Diario Póstumo de una Muñeca - Poem 56

¿Y si el tiempo no fuera consecutivo?

¿Y si virara en redondo para reencontrarse a sí mismo
y no tuviera distancia ni física o química sustancia?

¿Y si los viejos se comportan como niños
porque efectivamente se les aproxima
un nuevo renacimiento?

¿Y por qué los niños tienen a veces
la sabiduría deslumbrante de los viejos
como si todavía no se desprendieran por completo
de su túnica leve y centenaria?

¿Qué es el tiempo:
presente continuo,
participio pasado
o quizá futuro compuesto?

¿No sería, me digo, más cuerdo
hablar sobre pronósticos del tiempo?
Claros y nubes en la zona centro,
lloviznas de segundos más adentro.



14 de diciembre de 2007

Cerebro Interior

newCEREBRO INT

13 de diciembre de 2007

Poemas del Nilo - Poem 32


A veces él no lo soporta más y pregunta a dios. Pero dios calla, dios siempre se ha empecinado en su silencio. Y entonces es peor, porque atribuye a dios palabras que posiblemente él no diría jamás. Y se dice que la niña vendrá pronto y cosas así, sin sentido, como si fueran a ocurrir de verdad. Y después espera en silencio, imitando ese silencio de dios, mientras disimula y pasa el tiempo en otras ocupaciones absurdas que son eso, pérdidas de tiempo. Se comporta, en definitiva, como si dios efectivamente existiera con la única finalidad de cumplir con exactitud sus deseos más íntimos. Un dios hecho exclusivamente para el consuelo de su dolor.



12 de diciembre de 2007

El Fantasma Verde Y La Arena Del Adriático

newDIBUJO 12bis

El fantasma verde no había sido siempre de ese color. En realidad los fantasmas son incoloros... Y totalmente inofensivos. A este en concreto le gustaba vagar sin rumbo fijo por los espacios abiertos, dejándose guiar por los vientos, y atravesar los objetos que se interponían a su paso por el mero placer de sentir el cosquilleo de su materia sacudiendo su gelatina incorpórea. Cuando un sitio le atraía particularmente se detenía y se quedaba flotando, inmóvil, observando el paisaje. Generalmente después se dormía por espacio de unas horas... o de unos meses. El problema de los fantasmas, y en especial del fantasma verde, era su exagerada propensión al sueño. El caso es que cuando en esta ocasión había despertado tenía construida una casa enorme a su alrededor, y su primera impresión fue de verdadero pánico. Salió disparado como una centella atravesando tabiques, muebles y cualquier otra cosa que se cruzara en su camino, y sólo cuando se vio en espacio abierto su corazón transparente se tranquilizó. Reconoció el valle frondoso en que se había detenido antes de quedarse dormido y examinó la casa no sin cierta aprensión.

No era ninguna construcción fuera de lo común ni tenía particularidad especial que la distinguiera del resto de las casas que había conocido antes. Sin embargo le gustó. El capricho de los fantasmas no deja de resultar sorprendente. Decidió sin más miramientos quedarse a penar algunos años por sus habitaciones y dejar de una vez en suspenso su vida nómada e indómita. Después de todo, el hecho de que hubieran erigido aquella casa sin él haberse percatado le colmaba con una sensación muy agradable de amparo. Se quedó sin pedir permiso a los inquilinos. En realidad los posibles habitantes de la casa le traían sin cuidado. Se los cruzaba en sus primeros paseos por los pasillos sin reparar tan siquiera en ellos. No le interesaban demasiado los desconocidos ni gozaba con las artimañas que suelen utilizar los fantasmas para provocar el miedo en los mortales. Era bastante vago, por eso muchas veces adoptaba formas sólidas que hicieran más confortable su pereza. Se convertía en un enorme almohadón relleno de plumas de ganso o en un suave edredón de tonalidades cálidas, o simplemente en una desnuda silla de madera apoyada contra un rincón del desván.

Este fantasma era además bastante desmemoriado. Recordaba el haber sido un tanto pendenciero cuando estaba vivo, pero por mucho que intentaba pensar no lograba nunca aislar la causa o causas concretas que le habían condenado a esta muerte errante. No es que lo pasara muy mal, esa era la verdad. Su carácter era más bien retraído y solitario, pero algunas veces, sobre todo en las noches de verano, cuando etéreo como una medusa de mar se mecía entre la brisa que subía del río, echaba de menos las caricias de una mujer.

Entre tanto se le iban pasando los años sin apenas enterarse. Poco a poco su piel invisible de fantasma fue adquiriendo un tono verde mohoso de tantos inviernos largos y húmedos. Y se convirtió en el fantasma verde que Raquel conocería más tarde.

Una noche lluviosa de otoño en la que el viento ululaba con lamentos del mismo infierno, al fantasma verde le pareció distinguir, confundidos entre las sacudidas furiosas de la borrasca, otros gemidos más apagados pero sin duda alguna de procedencia humana provenientes del piso inferior en que se encontraba. Para el fantasma verde las noches de tormenta eran sagradas. Cualquier sonido que desafiara a los elementos desatados de la naturaleza constituía para él un verdadero sacrilegio. De modo que un poco enfadado se dejó resbalar por las escaleras dispuesto a hacer callar al intruso. Y allí, en mitad del pasillo, estaba la niña. Así la llamaba él desde la primera vez que la había visto, años atrás, aunque ahora ya no lo era tanto. Estaba echada en el suelo, descalza, con el rostro apoyado contra una puerta, y envuelta en un llanto silencioso roto en ocasiones por agudos quejidos.

La visión de aquella niña jugando a ser tormenta y dejando llover agua desde sus ojos nublados dejó al fantasma verde en un éxtasis de ultratumba. Desde entonces comenzó a prestarle más atención, a espiarla por las noches con una curiosidad que a él mismo le resultaba un tanto ridícula al principio, como si fuera una concesión a debilidades propiamente humanas que él creía ya superadas con creces. Era la hija de los dueños de la casa y bastante propensa a la melancolía. Tenía una dulzura que se adivinaba en sus maneras pero que permanecía sepultada por pensamientos amargos que le oscurecían la mirada.

Así que el fantasma verde se dedicó a observarla como una tormenta más. La esperaba en su habitación hábilmente camuflado, para que ella no pudiera verle, y desde que llegaba todo su cuerpo de gelatina era un enorme ojo prendado de sus gestos. Ella reía, lloraba, leía, cepillaba su cabello, o permanecía simplemente tumbada sobre la cama mirando el cielo enmarcado por la ventana. Cuando se retrasaba, el fantasma verde se ponía furioso porque temía que le hubiera sucedido algo malo y que él no había podido hacer nada por evitarlo. Cuando llegaba cansada, se extendía bajo el sillón en que ella se acurrucaba, junto a la cama, y la consolaba en silencio.

Hasta que un día decidió darse a conocer. Había sido un día especialmente malo para el fantasma verde. Había pensado mucho y había llegado a la conclusión de que necesitaba paz. Pero no sabía cómo conseguirla. Quizá le ayudaría hablar sobre sus problemas fantasmales. ¿Y quién mejor que la niña como compañera de confidencias?

Cuando una tarde de septiembre ella abrió la puerta de su habitación y se encontró el fantasma verde en mitad de la alfombra, mucho más verde que de costumbre por la vergüenza, casi le da un síncope... a ambos.

Pero después de esta primera impresión pasajera la cosa marchó sobre ruedas: se hicieron muy amigos. Tanto, que ninguno de los dos tenía secretos para el otro. Tanto, que ella se apartó más todavía del mundo de los adultos, ese mundo sobre el que ella ya había mostrado cierto recelo.

Raquel estaba acostumbrada a ver fantasmas. Los había visto en las películas y en las ilustraciones de algunos cuentos de terror. Pero la imagen que tenía de ellos no se correspondía demasiado con el aspecto que le ofrecía éste: una especie de mermelada temblorosa de color verde musgo del tamaño de un enanito. Siempre había pensado que los fantasmas de verdad irían vestidos con una gran sábana blanca con dos orificios a la altura de los ojos y una colosal bola de hierro arrastrando de una cadena de presidiario. El fantasma verde se rió de buena gana y le explicó que sí, que efectivamente ese había sido su aspecto durante algunos años, pero que la vestimenta de los fantasmas se iba renovando con los siglos y que cada cual era muy libre de adoptar el traje que quisiera. Él no se veía muy favorecido con su sábana, por lo que decidió quitársela y andar desnudo por ahí. Además, no tenía mucho sentido taparse hasta los tobillos cuando no existía cuerpo alguno que cubrir.

Raquel se quedó pensativa. Sin embargo ella lo estaba viendo. ¿Cómo era aquello posible? El fantasma verde tuvo que reconocer que no lo sabía muy bien, que había muchos misterios en esto de los fantasmas que ni él mismo conocía. Pero lo que sí era verdad era que con el tiempo había adquirido la habilidad de adoptar las más variadas formas físicas y la facultad de hacerse visible a voluntad, cuando a él le apeteciera. Y para demostrárselo se convirtió en caballito de mar, en teléfono y en mineral de cuarzo, sucesivamente, ante los ojos asombrados de Raquel, que ya sentía un poco de envidia de no poder ser ella también un fantasma."Te envidio", decía ella. "Yo también", contestaba él, "porque puedes llorar".

Raquel era una llorona de primera. Lloraba por todo, todo la ponía triste. Lo que más triste la ponía era que el sol se marchara todos los días, como si muriera, y que el cielo se quedara negro durante tantas horas. Tenía miedo de que una mañana el sol se quedara dormido y se olvidara de salir de entre las montañas y que todo fuera oscuro a partir de entonces.

"¿Y tú por qué quieres llorar?", le preguntaba Raquel. Y el fantasma verde se callaba, sin saber qué contestar. Un día había venido la muerte a recogerle y de repente se encontró vagando por las orillas del mar Adriático. Le pareció muy extraño. Despojado de recuerdos, recorría la arena de las playas del mar Adriático para hurgar entre su olor. Sentía la llamada de la arena del Adriático y sabía que allí estaba la respuesta, pero no lograba acordarse de nada. Sin embargo todo aquello resultaba a la vez familiar y cercano. Cuando estaba a punto de recordar, las imágenes se le escurrían y se quedaba como al principio, sin saber a qué atenerse. Así se había pasado una buena cantidad de años.

Raquel le tenía mucho cariño al fantasma verde, y al oír esta historia se puso a llorar desconsoladamente. Se reunían por las tardes cuando ella regresaba del colegio cargada de tareas para el día siguiente. El fantasma verde la ayudaba mucho en geografía, porque desde que estaba muerto había viajado por casi todo el mundo. Embelesada, le oía contar sus aventuras por las selvas de Asia o sus correrías por los fondos más profundos del océano, que estaban plagados de montañas y cordilleras enteras como en la tierra. Pero su lugar favorito era el Adriático, quizá porque tenía mucho que ver con la melancolía de su amigo. Le hacía contar una y otra vez los detalles más insignificantes y ella escuchaba embobada con los ojos traspuestos de asombro: "La arena del Adriático es fina y de color negro desvaído como el carbón y el mar que la acaricia es tibio y plateado al contacto con el sol". Cuando el fantasma verde le habló de los millones y millones de granos de arena que puede haber solamente en una playa diminuta de todo el Adriático, Raquel se mareó y tuvo que sentarse un rato de la impresión.

A la hora de la merienda Raquel se preparaba un bocadillo y a veces traía otro para el fantasma verde. A pesar de que el hambre era un placer que ya no podía sentir, comía junto a ella. Raquel se partía de risa viendo cómo los trozos del bocadillo se trituraban solos, sin boca ni mandíbula que los masticasen, prácticamente en el aire. Y él era feliz viéndola reír.

Una tarde Raquel llegó un poco más seria de lo que en ella era habitual, dejó los libros sobre la mesa, y con voz trémula le pidió al fantasma verde que le hiciera el favor de convertirse en rana. El fantasma verde se sorprendió un poco de aquella petición, pero con su habilidad característica realizó la transformación en un instante. Y entonces Raquel cogió la rana entre sus manos y acercándola hasta su boca la besó. La besó una vez y esperó. La besó cuatro o cinco veces más y volvió a esperar. Después, con sumo cuidado, la volvió a depositar encima de la cama y se echó a llorar. El fantasma verde se sobresaltó, recuperó su aspecto de mermelada temblorosa y le preguntó a Raquel por la razón de aquel llanto. Entre sollozos ella sacó un pequeño libro que había traído de la biblioteca y lo abrió en una página para que él lo pudiera ver. Era un libro de cuentos con dibujos muy bonitos. En ellos aparecía una princesa besando a una rana que después se convertía en un hermoso príncipe rodeado de estrellas azules. Mientras Raquel lo miraba con los ojos anegados de lágrimas, el fantasma verde notó que se ponía verde esmeralda de la emoción por aquellas lágrimas de amor.

Cuando el fantasma verde percibió que Raquel estaba lo suficientemente preparada, decidió que era hora de practicar el experimento. Había pasado ya algún tiempo desde que se conocían y Raquel estaba dejando poco a poco de ser una niña. Su curiosidad sobre determinados temas no hacía más que aumentar según se hacía mayor, así que había llegado el momento de complacerla. Ella le había oído comentar algo sobre el experimento, pero el fantasma verde se refería siempre a él con mucha cautela y de una forma vaga, cambiando inmediatamente de conversación, como si se tratara de algo de lo que no fuera conveniente hablar. Por eso que cuando le pidió que comenzara con los preparativos, el corazón de Raquel dio un vuelco de excitación.

Era una noche calurosa de verano, con una luna llena esplendorosa colgada de un cielo limpio de nubes. No había el menor rastro de viento y el aire era pesado y sofocante. Dibujaron un enorme círculo de tiza en el centro de la habitación de Raquel y dispusieron treinta y tres cirios amarillos a su alrededor. El fantasma verde estaba como ausente, recitando con voz profunda una letanía de palabras incompresibles, una especie de invocación que al irse repitiendo más y más veces llenaba el ambiente de la habitación de una electricidad opresiva. Toda aquella retahíla de preparativos parecía corresponder a un ceremonial preciso de cuyo cumplimiento estricto dependiera el éxito de lo que a continuación sucedería. Raquel esperaba, nerviosa, apoyada contra la ventana abierta.

El experimento consistía en cerrar los ojos y dejarse llevar. El fantasma verde colocó a Raquel en el centro del círculo de tiza, sentada y con la espalda muy recta, y le deseó un feliz viaje. Le dio a beber un líquido que habían preparado horas antes en la cocina y Raquel, sumida en un estado semiinconsciente, vio tras sus ojos cerrados.

Vio el tiempo de la eternidad, lento e implacable, en un gigantesco reloj de arena tan grande como un millón de montañas juntas, destilando segundos eternos. Vio a La Muerte, la que había venido a recoger al fantasma verde, vestida con túnica de arpillera y capuchón de fraile, azotando a golpe de látigo a un grupo de fantasmas que infructuosamente trataban de sofocar el fuego que en forma de furiosas llamaradas les salía por la boca. Vio interminables galerías de catacumbas, angostas y tenebrosas, en donde los huesos de los muertos se apilaban en fosas excavadas en tierra negra y humedecida por afanosos fantasmas fosforescentes, que al percatarse de la presencia de Raquel dejaban a un lado los picos y las palas y le suplicaban que les guiara por aquel laberinto hasta la luz del sol. Vio a fantasmas errantes pulular por una ciudad desconocida, tocando con caricias invisibles a los vivos a los que seguían o jugando partidas de cartas en mitad del asfalto de las avenidas, sentados tranquilamente mientras coches y camiones pasaban a su través sin inmutarse. Vio a fantasmas solitarios deslizarse como serpientes de música en el humo de las chimeneas de las fábricas y a grupos de fantasmas visitando museos como unos turistas más, mofándose de los vigilantes mientras deslizaban las lenguas sobre la superficie de los cuadros. Vio fantasmas bailarines encaramados en las barras de las discotecas sacudiendo desaforadamente sus cuerpos vaporosos. Vio fantasmas de cuerpo entero y fantasmas que sólo eran un enorme rostro luminoso, vio fantasmas corpóreos e incorpóreos, incluso a dos fantasmas enamorados tratando de besarse entre sí. Y también vio la arena del Adriático, a vista de pájaro, deslizándose ante sus ojos en toda su inmensidad, así como el mar de plata rizado por las brisas de los cielos formando espumas que expulsadas por las olas se fundían con los remolinos de arena que se arrastraban por las dunas. Comprendió en ese mismo instante la soledad de los fantasmas y supo que tenía que ayudar al fantasma verde. Lentamente se fue despertando.

Raquel inspeccionó de nuevo el contenido del maletín por si se había olvidado de algo importante, lo cerró y se lo entregó al fantasma verde. El fantasma verde estaba un poco desconcertado porque no veía la utilidad de aquel equipaje, así que le recordó a Raquel por enésima vez que los fantasmas no necesitan ni cepillo de dientes ni pijama para dormir. El fantasma verde se puso de color verde chillón cuando se despidieron con un abrazo. Era necesario reanudar la búsqueda del misterio que le impedía encontrar la paz: regresaría a la arena del Adriático para rastrear de nuevo las pistas. Recogió el maletín y se fue. Prometió a Raquel que volvería. Volvió al cabo de diez años. Y no volvió para quedarse.

El recuerdo del fantasma verde había permanecido incólume con el paso de los años. Raquel nunca había dudado del reencuentro. Su vida había cambiado externamente, pero en el fondo seguía conservando su esencia suave de flor. Cada día se despertaba con la esperanza de que se aparecería en la puerta de su habitación, verdoso y encantador como antaño. Todavía conservaba en su mente las vívidas imágenes del experimento y cómo estas habían sido determinantes en su intención de convencer a su amigo para que emprendiera de nuevo el camino de su redención.

El fantasma verde se precipitó hacia el suelo en forma de relámpago quebrado, desde el vientre cargado de lluvia de una extensa masa nubosa que se había adueñado de todo el cielo del valle. Se fue a clavar, en medio del estrépito del trueno, en los surcos labrados de un campo de cebollas, iluminando con claridad espectral los recovecos de las nubes de arriba y los perfiles de los escarpados peñascos de la tierra, como si su majestuosa anunciación anulara de pronto las sombras de la oscuridad. Se sacudió el polvo de su gelatina verdosa y oteó el horizonte, con el maletín que Raquel le había prestado en equilibrio sobre su cabezota informe de fantasma. Había fallado por un par de kilómetros solamente y su intención de sorprender a Raquel con aquellos alardes de artificio se vio un poco decepcionada. Pero no se dejó vencer por el pequeño error de cálculo que había cometido y echó a andar resueltamente entre las cebollas desperdigadas por la explosión de su entusiasmo.

Se abrazaron. Su alegría fue desbordante en el recuerdo del pasado que les unía. A Raquel se le atragantaban las palabras de tantas cosas que tenía que contarle al fantasma verde. Pero el fantasma verde no era el mismo de antes. Dejó hablar a Raquel y la escuchó atentamente. Cuando hubo terminado carraspeó nerviosamente y le confesó gravemente que no le quedaba mucho tiempo. Su vida de fantasma estaba a punto de terminarse debido al éxito de la empresa que le había alejado de ella diez años atrás. Como un favor especial le habían concedido la gracia de poder visitarla antes de partir definitivamente, con el fin de devolverle el maletín que tan amablemente le había prestado y para contarle los pormenores de su aventura. Raquel se sentó a escucharle, triste y alegre a la vez por la suerte de su amigo.

Nada más abandonar la casa de Raquel, el fantasma verde había adoptado la forma de un globo aerostático para aprovechar mejor las corrientes del viento. Recorrió mil veces la tierra y mil veces volvió a la arena del Adriático para escudriñar cada uno de sus granos. Hasta que un día, sobrevolando una remota región que no le resultaba del todo desconocida, reparó en una casita en la punta más oriental de una ciudad, inmóvil bajo la bruma de la canícula de agosto. Convertido en ave del paraíso, descendió hasta sus inmediaciones y se coló por la rendija de una ventana entreabierta, con una sensación creciente de que el letargo de su memoria iba lentamente disipándose. El interior estaba vacío y abandonado, aunque en algunas estancias aún permanecían restos desperdigados del antiguo mobiliario. Sobre una repisa devorada por la carcoma había una botellita de cristal con un tapón de corcho y con algo parecido a arena en su interior. Sobrecogido de espanto, destapó la botellita y olió su contenido. Se habría muerto de la impresión si no lo hubiera estado ya. Sintió que el reloj de arena de la eternidad se detenía en su goteo interminable por unos instantes. Y súbitamente recordó. Aquella había sido su casa cuando estaba vivo. Recordó su propio nombre y su aspecto mortal. Y recordó que había estado enamorado de una hermosa mujer cuyo nombre era Irina. Los dos eran jóvenes, se habían conocido en una ciudad del norte en donde estudiaban. Ella vivía cerca de una playa del Adriático. Su amor era difícil, difícil por la distancia que los separó después. Irina le rogó que la esperara, que soportaría el dolor de la separación hasta el momento en que ella lo llamara a su lado. Él esperó y desesperó durante mucho tiempo. Y cuando estuvo a punto de pensar que la espera había sido en vano, ella lo llamó. ¿Cómo lo hizo? Le envió por correo una pequeña botella de cristal con arena del Adriático y al destaparla y reconocer en esa arena el olor a mar de Irina, se dijo que aquel olor y aquella arena quedarían impresas en su alma para siempre. Y así fue. Presa de una intensa agitación por volver a verla cogió seguidamente su coche y tomó el camino del Adriático. Pero el destino se rió de ambos y el coche se despeñó acabando con su vida. Desde entonces su espíritu vagó entre la desazón y el olvido en los subterráneos de los muertos, con la condena del viaje inacabado pendiente de culminación. El amor desmesurado por Irina le había cerrado las puertas del descanso y la llamita de su alma tendría que flotar reacia a la muerte injusta. Irina. ¡Qué terrible locura volver a recordar su nombre! ¡Qué ansiada paz le sobrevenía con su recuerdo! Regresó al Adriático, pero no a sus arenas inmensas. En una de sus apartadas calas localizó la casa de Irina. Todavía vivía. A través del cristal de su ventana la vio sentada en un confortable sillón, viejita y cansada, canturreando una canción al compás de su mano temblorosa. ¡Irina! Y en ese momento la luz parpadeante de una estrella le anunció el pronto advenimiento de la paz que tanto anhelaba.

La figura verde del fantasma iba apagándose poco a poco mientras relataba estos acontecimientos. Sin embargo, antes de desaparecer por completo ante los ojos de Raquel para desvanecerse definitivamente en las partículas invisibles del aire, rozó la mano de su amiga y la dejó impregnada de diminutos granitos de arena. Raquel sintió por primera vez el contacto de la arena del Adriático con la que tantas veces había soñado.



11 de diciembre de 2007

Portraits 55898 & 87487


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55898

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87487

Cuando Éramos Mariposas - Poem 131

de qué trata todo esto
dios mío
me perdí en las ciudades
en los libros
en los sueños
quise seguir las huellas
asirme a un método
he escrito de nuevo
sobre la arena arrasada
he modelado el agua
con la inocencia todavía intacta
medí los pasos del baile
pronuncié las palabras exactas
por qué me di cuenta
de las mentiras
por qué yo supe las respuestas
de qué trata todo esto
dios mío



10 de diciembre de 2007

El Beso V (Metamorfosis)

newALIEN

El Beso IV (Metamorfosis)

newMEDITATION

El Beso III (Metamorfosis)

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El Beso II (Metamorfosis)

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El Beso I (Metamorfosis)

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9 de diciembre de 2007

Master Plan3

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Corazón Tierno

Aquella noche fría de febrero, a la bruja Claudia no se le ocurrió mejor cosa que desempolvar una de sus escobas de propulsión a estrellas, embadurnarse el rostro con ungüentos y precipitarse acantilado abajo como hacía antaño, cuando sus salidas a la intemperie de la noche no se hacían tanto de esperar. Hubo tiempos en que la peculiar naturaleza de su búsqueda encendía sus pasiones de aventura, enardecidas por cierta esperanza irracional en la consecución de sus fines, y entonces prodigaba los saltos al aire nocturno con una avidez desaforada, sintiéndose pletórica de magia y dejando los cielos surcados de polvos de estrellas. Pero el paso del tiempo le había hecho preferir el fuego confortable de su chimenea y un paulatino conformismo respecto a su soledad se había ido adueñando de su vida. De modo que durante meses sus escobas habían permanecido descuidadamente amontonadas en el trastero de sus aposentos privados, envueltas con montones de tupidas telarañas. Pero aquella noche de febrero, tras haberse despertado de su larguísimo sueño vespertino, se había observado atentamente a los ojos en el espejo de la cámara nupcial, mientras cepillaba su interminable cabellera negra, había sopesado la belleza inconmensurable de su cuerpo inmortal, y habiéndose percatado del brillo inmarchitable que florecía sin interrupción en el fondo de sus pupilas, había cogido inconscientemente su polvera de maquillaje de Egipto.

Así que dedicó todo su empeño, en las dos horas siguientes, a acicalarse el cuerpo de bruja que durante siglos había permanecido incólume al paso de las épocas. Cuando su rostro hubo adquirido el brillo de la eternidad, se vistió con una larga túnica negra ajustada a su cintura de odalisca y se calzó unos botines también negros de tacón alto que se le apretaban como un guante hasta la altura de la rodilla. Escogió su sombrero picudo más elegante, con una enorme hebilla de plata en el frente y forrado de lana por dentro para no constiparse. Llenó su bolso de bandolera de mejunjes para hechizos urgentes, roció el revés de sus orejas con esencia perfumada de almizcle y dio un beso de buenas noches a su lechuza Timotea, que la miraba con la aparente sorpresa incontenible con que suelen mirar las lechuzas. Aún no del todo repuesta de la fulgurante determinación de su decisión (estaba a punto de volverse atrás en su empeño), Claudia pasó revista a las escobas disponibles y escogió una preciosa, con un exuberante manojo de palmitos atado con varias cintas de seda multicolores y un mango de madera noble barnizada. Revisó el depósito de estrellas, que estaba prácticamente vacío, y lo rellenó con estrellitas mágicas recogidas a última hora del crepúsculo de una noche de luna nueva. Se la echó al hombro, tarareando una canción de brujas muy conocida, y se dirigió al borde del acantilado, sobre el que se dominaba buena parte de la ciudad e incluso el mar a lo lejos, en los días en que no aparecía la niebla. Se la ajustó bien entre las piernas, después de haberse enrollado la túnica a la cintura, y se dejó resbalar al vacío como a ella le gustaba, planeando al antojo de los vientos, antes de enderezar el rumbo. De modo que tras algunos baches atmosféricos sin importancia salió disparada dejando tras de sí un hálito de lucecitas diminutas.

Mucha gente confunde la estela que va dejando la escoba de una bruja con estrellas fugaces, y entonces se empeña en pedir deseos imposibles y se jacta delante de sus amigos de la suerte que ha tenido al poder contemplar un espectáculo semejante. Por eso no puede culparse a Cornelio, que tenía una afición considerable a acodarse noches enteras en el alféizar de la ventana de su cuarto mientras fumaba un cigarrillo tras otro, observando el cielo como si interrogase a la negrura de la noche, de que al ver a Claudia en la lejanía pilotando diestramente su escoba, la confundiera al instante con alguna estrella desprendida de improviso de las alturas, renegada o expulsada por algún motivo inconcebible de la bóveda celeste, y que sin duda iría a descalabrarse en el más remoto confín del universo, en una especie de basurero de estrellas moribundas o algo así. No obstante, no pidió ningún deseo. Era muy escéptico con respecto a la culminación de los deseos, de sus propios deseos. Además, en los planes de la gran mayoría de las personas, y mucho más en el caso de Cornelio, no entra nunca la posibilidad de ver brujas voladoras, lo cual es hasta cierto punto lógico.

La bruja Claudia siempre llevó una vida decente y ordenada, aunque también hasta cierto punto, claro. En sus buenos tiempos de bruja pícara y malévola había hecho gala de una arrogancia y de un orgullo que la hacían temible ante sus propias compañeras. Sus maleficios eran osados y temerarios, y muchas novicias e incluso brujas experimentadas alimentaban en silencio una envidia creciente que llegó a granjearle muchas enemistades dispuestas a hacerle la vida imposible. Con ocasión de un Aquelarre de Confraternidad celebrado durante la epidemia de peste que asoló Europa en el siglo XIV, y en donde se hacía un balance informal sobre los resultados de la campaña del último año, una de las participantes deslizó un bebedizo de su invención en el cáliz de nácar de Claudia mientras ella no se daba cuenta. Nada más mojar los labios en la pócima emponzoñada se sintió repentinamente mal, como fuera de sus casillas, y ante la sorpresa general propinó un solemne escobazo sobre la nariz de una de las jefas de brujas más importantes. Esta buena señora se sintió tan ultrajada por el golpe recibido y tan avergonzada por las risas burlonas de sus compañeras, que amenazadoramente se levantó, y señalando a Claudia con un dedo largo y torcido, le echó una maldición. Le vino a decir que hasta que no encontrara un corazón tierno entre los humanos estaría condenada a vivir sola y apartada del resto de las brujas. A Claudia se le ocurrió preguntar, inocentemente, que qué era un corazón tierno. La otra le contestó, entre risitas y con cierto aire de misterio, que ya sabría reconocerlo cuando lo tuviera delante. Claudia, por tanto, se retiró cabizbaja y dejó de asistir a aquelarres y a banquetes honoríficos, y se recluyó en un viejo caserón en las afueras de una ciudad cualquiera, dedicándose desde entonces a profundizar en el estudio de la alquimia, una de sus grandes pasiones. Y desde ese siglo XIV ha vivido sola y melancólica, a la espera de los corazones tiernos de los que no entiende nada en absoluto.

A Claudia le encantaba sentir posarse sobre su piel el viento marino, sazonado de las diminutas motitas de espuma que flotaban después de que las olas rompieran su furia contra las rocas del acantilado. Forzaba la velocidad de su escoba y se le ocurrían mil y una acrobacias aéreas. Practicaba temerarios rizos entre las nubes ensortijadas, se dejaba caer en picado aullando de placer, para después volver a enderezarse en el último segundo y hacer un arriesgado vuelo rasante rozando las antenas de televisión de los tejados y sorteando enormes edificios de hormigón. A continuación, para recuperar el resuello perdido, se sentaba en una nube confortable y observaba las luces de la ciudad mientras mordisqueaba una de sus larguísimas uñas. A Claudia también le gustaba, los días de lluvia, pasearse a medianoche por las azoteas solitarias, siguiendo los reflejos de las luces de los edificios más altos en los charcos nacientes punteados por multitud de gotitas de cristal, y sobre todo recostarse sobre nubes grisáceas a punto de reventar para ver caer la lluvia desde arriba. Le gustaba buscar su reflejo huidizo en todas las superficies imaginables del agua. A pesar de ser inmortal y del desgaste que esta contrariedad le acarreaba, se mantenía lozana y joven como una flor en el apogeo de su primavera.

El caso es que volviendo a esa noche fría de febrero, a Claudia le pareció tan extraño ver una ventana iluminada a unas horas tan intempestivas, la única entre todos aquellos mausoleos de apartamentos apagados rellenos de gente durmiente que pegó un brusco frenazo a su escoba y giró en dirección hacia esa luz, movida por la curiosidad. Se hizo invisible para poder fisgonear a su gusto. Acostumbraba a hacerlo cuando sentía cercana una presencia humana. Un hombre joven estaba recostado sobre la cama, leyendo un libro. Al poco rato lo había dejado sobre la mesita de noche y había apagado la luz. Cuando Claudia oyó la respiración tranquila del sueño se las arregló para deslizarse bajo la persiana y colarse en la habitación. Observó el rostro dormido del hombre, plateado de reflejos de luna. Las brujas en general, y sobre todo Claudia, son unas entrometidas incorregibles. Les encanta mirarlo y tocarlo todo. De modo que comenzó a hurgar entre sus cosas. Sobre una mesa cercana a la ventana, atestada de cachivaches, había un cenicero lleno de colillas hasta los bordes. Claudia hizo una mueca de desagrado y lo vació en la papelera que estaba bajo la mesa. Y después, tranquilamente, se sentó en la silla del hombre y hojeó sus papeles. Fue así como descubrió que ese hombre se llamaba Cornelio y que pintaba acuarelas muy bonitas de colores tan suaves como el agua, pero algo raras, porque por mucho que se esforzaba no lograba descifrar lo que representaban. Fue a causa de esos colores tristes y atractivos, difusos como la bruma marina, por lo que Claudia quiso saber más de Cornelio. Sacó su bola de cristal de una de sus mangas y sosteniéndola suavemente con la palma de la mano pronunció en voz muy baja unas palabras mágicas. Retiró la mano muy despacio y la bola de cristal quedó flotando inmóvil en el aire. Poco a poco se iba encendiendo, irradiando desde su centro haces de luz de un color blanco muy intenso, hasta que por fin la habitación adquirió un aspecto de hielo azotado por el brillo del sol, con diminutos guiños de estrellas zigzagueando en el espacio. Claudia investigaba el pasado de los mortales tratando de discernir el calibre de sus corazones. Y proyectándose de esa luz mágica salpicada por las paredes y el techo se podía vislumbrar a Cornelio en algunos episodios de su vida. Cornelio tenía una mirada compungida, preciosa. Fue lo primero que pensó Claudia al verle. Una mirada selectiva y dolorida, dulce y nada estridente. Se podía deducir por lo visto una vida solitaria a la que Cornelio no veía remedio, una sensibilidad y una delicadeza de pétalos de flor voluntariamente recogidas en el baúl de su corazón por una falta abrumadora de correspondencia. Pero esa joya, esa joya preciosa permanecía incólume a la espera de ser compartida, a pesar de las zarpas del destino hostil, de las muertes crueles, de las palizas de los padres, de la enfermedad que le atravesaba, heroicamente solo. Claudia pensó que ya estaba bien. La visión había sido tan vívida que no necesitaba más. Un poco aturdida, sin saber todavía por qué, recogió la bola de cristal y abandonó la habitación de Cornelio, con la extraña sensación de haber encontrado algo por casualidad, algo muy valioso.

Una especie de desasosiego de huracán se adueñó de la bruja Claudia a partir de aquella noche. Ya no quería encerrarse a solas en la mansión de los acantilados. Dio por terminadas las largas veladas ensimismada entre las tórridas páginas de los viejos maestros alquimistas, así como las pócimas de ancas de rana y los olores insufribles del azufre. Presa de una inédita pasión que la enloquecía a fuego lento, escrutaba el rostro de la luna desde los balcones para luego desplegar sus alas de bruja enamorada. Moldeaba copos de nubes y construía peldaños esponjosos hasta el cielo, o camas confortables de colchones de algodón sobre las que soñaba su amor suave con Cornelio. Después atravesaba el aire gélido de la ciudad y espiaba en silencio el hueco iluminado en el que se recortaba su perfil oscuro e inmóvil, hasta que por fin se decidía a acercarse más. Se apoyaba al otro lado de la ventana, por la parte de afuera y suspendida en el vacío, de puntillas sobre la fina madera de su escoba, nariz con nariz enfrente de Cornelio. Fingía que le besaba, que le acariciaba, quizá que le consolaba, amparada por su don de volverse invisible. Velaba su inquietud contenida, tan hermosamente callada, y cuando apagaba la luz y caía dormido entre las sábanas, Claudia siempre le dejaba algún regalo: una nube colgada en la lámpara de la habitación, un trocito de cielo o bien acordes de música susurrados tenuamente a sus oídos. Todos ellos se desvanecían con el resplandor de los primeros rayos de sol, y ella lo sabía, pero es que había encontrado un corazón tierno y ahora no sabía muy bien qué hacer con él.

Efectivamente, los corazones tiernos se reconocen cuando se ven, es inútil que alguien te los intente explicar. La bruja Claudia estaba hecha un lío. Si bien era cierto que la maldición había perdido su poder y Claudia podía volver con sus antiguas camaradas, también era verdad que los corazones tiernos tenían algo hechizante que te iba arrastrando sin que te dieras cuenta, como las mareas. El dilema era bastante peliagudo: o bien regresar o bien quedarse con Cornelio, eso suponiendo que existiera alguna forma de poder quedarse. En el fondo Claudia temía intimidarle si decidía aparecerse ante él. Como bruja no estaba nada mal, si se la comparaba con esos vejestorios de nariz de gancho que daban tan mala fama a la profesión. Pero, ¿Y si Cornelio se atemorizaba al ver una bruja de carne y hueso?. La decisión había de ser muy bien meditada, sin duda. Cuando las brujas tienen algún problema que las carcome, suelen acudir al órgano más cercano para desahogar sus penas con la música. Claudia se había hecho construir uno propio en el sótano de su casa, con largos tubos de madera que se elevaban hasta la chimenea, y cada vez que deslizaba los dedos por el teclado las hojas de los árboles se estremecían con el desgarramiento de sus interpretaciones de Bach, su compositor preferido. Las brujas también se refugian en las imágenes mágicas de sus bolas de cristal, pero esto no le servía a Claudia como remedio. Cada vez que intentaba interrogar a la suya sobre el futuro, ésta se mantenía tercamente muda. Una noche, mientras cocinaba lenguas de serpiente salteadas con cebolla y pimientos morrones, se preguntó si no sería mejor permanecer invisible y no mostrarse jamás a los ojos de Cornelio, ahogar definitivamente sus deseos por el bien de ambos.

Sí, esa era la solución. Claudia decidió permanecer invisible y calmar sus ansias acudiendo periódicamente a la ventana de Cornelio, para poder contemplarlo a sus anchas. Asimismo decidió continuar sus brujerías en solitario, por el momento, pues desacostumbrarse de la soledad después de tantos siglos se le antojaba sumamente difícil. Además, Claudia estaba triste y no le apetecía ver a nadie. A nadie excepto a Cornelio. Había noches, cuando regresaba de vuelta a la mansión, en que no aguantaba más y se ponía a llorar desconsoladamente. Sus lágrimas provocaban verdaderos chaparrones que iban regando las calles que sobrevolaba con su escoba. Tan triste se encontraba que ni siquiera se daba cuenta de lo que sucedía. Un martes y trece del mismo febrero, mientras se encontraba tomando el te con la lechuza Timotea, un mosquito descomunal de aviesas intenciones le agujereó el brazo y después se escapó zumbando alegremente tras esquivar el manotazo instintivo de Claudia. Esta se puso tan furiosa que adoptó inmediatamente la postura de hacer hechizos, con el ceño fruncido y los ojos medio de arpía, con los brazos extendidos como si fueran escopetas a punto de ser disparadas, y le lanzó uno terrible con la mala idea de desintegrarlo en pedacitos. Pero lo único que consiguió fue provocar una nubecilla color púrpura totalmente inofensiva a pocos centímetros de sus dedos y que el mosquito lograse salir indemne y colarse en el tarro de azúcar de encima de la mesita. Algún fallo técnico, pensó Claudia.

Sin embargo, había algo más. En los días sucesivos le asaltó una flacidez progresiva de los músculos y una sensación rara de debilitamiento, vaga y generalizada. Sus abracadabras no tenían ya el éxito de antaño: más bien eran un completo fracaso, y de tanto concentrarse en la acumulación de energía para la obtención de los hechizos, le dolían espantosamente los ojos y los brazos se le quedaban rígidos y amoratados. Qué me esta pasando, se preguntaba desesperadamente. Entre sus habilidades más espectaculares en cuestión de poderes sobrenaturales sobresalía el famoso truco del camaleón, que consistía en poder mudar el color de la piel a su antojo según la tonalidad del objeto que se hallase más próximo, o aquel otro de hacer añicos los espejos, cualquiera que fuese su tamaño simplemente con la intensidad de la mirada. Los practicaba sin cesar, en su gabinete privado de bruja, pero sin ningún resultado. Para colmo de males, su bola de cristal comenzaba a tornarse de un color grisáceo, gelatinoso como el chocolate fundido, y las cada vez más escasas imágenes que de ella recibía estaban plagadas de interferencias, como le ocurre a los televisores viejos gastados por el uso. Atacada de los nervios, echando rayos y centellas por la boca, se dijo que lo mejor sería dar una vuelta para tranquilizarse. Mientras atravesaba nubes blancas espesas como la nieve, a lomos de su escoba más querida, comenzó a fallarle el motor de estrellas. Un problema de carburación, probablemente, pues la estela que la perseguía no tenía el fulgor inmaculado característico que despiden las escobas en buen estado. Claudia no podía más. Se detuvo unos instantes al pie de una nube con forma de capullo de rosa y lloró de nuevo amargamente. Le venía a la memoria, una y otra vez, el recuerdo del rostro de Cornelio, ahora con más vehemencia si cabe. Súbitamente envalentonada, resolvió poner fin a la situación definitivamente. No vería más a Cornelio, y si las ganas se le hacían inaguantables se mordería los labios y se arañaría la carne hasta conseguir desterrarle de su mente por completo. Antes de sepultarse en la mansión de los acantilados para el resto de sus siglos, quiso contemplar por última vez el corazón tierno que había destemplado su vida. A duras penas conseguía dominar el timón de la escoba, reacia al mandato de sus manos, y a punto estuvo de chocar contra duras paredes de cemento. Pero una nueva sorpresa le aguardaba. No había luz en el cuarto de Cornelio, a pesar de que todavía era temprano. Se escurrió por debajo de la persiana y comprobó que no se encontraba dentro. Regresó hasta la ventana tiritando de aflicción y en el camino de vuelta a los acantilados la escoba se le rompió por la mitad, estrellándose en el pavimento de un callejón sombrío y solitario. Las brujas tienen la cabeza muy dura, y también los huesos, así que no es preciso temer por las consecuencias de su accidente. Había caído de costado sobre la acera, y cuando sintió una mano posándose sobre su hombro volvió lentamente el rostro hacia atrás. ¡Cornelio!, exclamó con voz trémula, reconociendo esa mirada compungida embriagadora y suspirando estrellitas de amor. Y curiosamente Cornelio reconoció también los ojos de Claudia, como si secretamente esos ojos le hubieran estado observando desde hacía mucho tiempo.



8 de diciembre de 2007

Diario Póstumo de una Muñeca - Poem 6

exploro
durante las ausencias
las hojas verdes
que a tu paso dejas

observo desolado
el pálido reflejo
que me ofrecen

los bosques nocturnos
saben lo que digo:
mi boca es la caja
de tus labios dormidos



7 de diciembre de 2007

Diario Póstumo de una Muñeca - Poem 32

corazones débiles
no prosperarán

caerán para recobrarse
para luego volver a caer
y recitarse entre lamentos:

corazón tonto
corazón débil y tonto
sentado en su silla
con un ojo ciego
en la frente



Cuando Éramos Mariposas - Poem 115

hay tanta belleza
reposando
en los palcos
de la aurora
en los desfiles
de las flores
en las gargantas
trémulas
de los ruiseñores
en el aire
que solitario
se demora

dice
el alma extenuada
mientras suspira
sobre un tejado
de magnolias



Cuando Éramos Mariposas - Poem 38

tengo tanta vida y mar
en el estrecho margen
de mi mano

tiene tanto eco mi grito
devuelto desde el cielo

que mi cuerpo de bronce
se suelta de amarras
y se eleva hacia lo alto

como el globo azul
de un niño
que va a reunirse
con su amado



 
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