27 de enero de 2008

Diario Póstumo de una Muñeca - Poem 50


No se suceden los días: sin tregua camina el primero, el primitivo. El sol asomó la nariz una vez. Murió en una única noche. Ardua tarea vivir y presenciar la pena.



5 comentarios:

Fani dijo...

Vaya cambio de look. Renovarse o morir. Me gusta el diseño, parece el gastado cuaderno en donde anotábamos nuestro diario y nuestras poesías. La intensidad, por lo que veo, sigue siendo la misma. Ánimo!

MartinAngelair dijo...

Pero para Roque, el Moñigo, el Tiñoso poseía un valor superior al de un simple experto pajarero. Éste era su propia endeblez constitucional. En este aspecto, Germán, el Tiñoso, significaba un cebo insuperable para buscar camorra. Y Roque, el Moñigo, precisaba de camorras como del pan de cada día. En las romerías de los pueblos colindantes, durante el estío, el Moñigo hallaba frecuentes ocasiones de ejercitar sus músculos. Eso sí, nunca sin una causa justificada. Hay un afán latente de pujanza y hegemonía en el coloso de un pueblo hacía los colosos de los vecinos pueblos, villorrios y aldeas. Y Germán, el Tiñoso, tan enteco y delicado, constituía un buen punto de contacto entre Roque y sus adversarios; una magnifica piedra de toque para deslindar supremacías.

El proceso hasta la ruptura de hostilidades no variaba nunca. Roque, el Moñigo, estudiaba el terreno desde lejos. Luego, susurraba al oído del Tiñoso:

-Acércate y quédate mirándolos, como si fueras a quitarles las avellanas que comen.

Germán, el Tiñoso, se acercaba atemorizado. De todas formas, la primera bofetada era inevitable. De otro lado, no era cosa de mandar al diablo su buena amistad con el Moñigo por un escozor pasajero. Se detenía a dos metros del grupo y miraba a sus componentes con insistencia. La comunicación no se hacía esperar:

-No me mires así, pasmado. ¿ Es que no te han dado nunca una guarra?

El Tiñoso, impertérrito, sostenía la mirada sin pestañear y sin cambiar de postura, aunque las piernas le temblaban un poco. Sabía que Daniel, el Mochuelo, y Roque, el Moñigo, acechaban tras el estrado de la música. El coloso del enemigo insistía:

-¿Oíste, mierdica? Te largas de ahí o te abro el alma en canal.

Germán, el Tiñoso, hacía como si no oyera, los dos ojos como faros, centrados en el paquete de avellanas, inmóvil y sin pronunciar palabra. En el fondo, consideraba ya el lugar del presunto impacto y si la hierba que pisaba estaría lo suficientemente mullida para paliar el golpe. El gallito adversario perdía la paciencia:

- Toma, fisgón, para que aprendas.

Era una cosa inexplicable, pero siempre en casos semejantes, Germán, el Tiñoso, sentía antes la consoladora presencia del Moñigo a su espalda que el escozor del cachete. Su consoladora presencia y su voz próxima, caliente y protectora:

-Pegaste a mi amigo, ¿verdad? – y añadía mirando compasivamente a Germán -:¿Le dijiste tú algo, Tiñoso?

-No abrí la boca. Me pegó porque le miraba.

La pelea ya estaba hecha y el Moñigo llevaba, además, la razón en cuanto que el otro había golpeado a su amigo sólo por mirarle, es decir, según las elementales normas del honor de los rapaces, sin motivo suficiente y justificado.

Y como la superioridad de Roque, el Moñigo, en aquel empeño era cosa descontada, siempre concluían sentados en el “campo” del grupo adversario y comiéndose sus avellanas.


Miguel Delibes: El camino

Destinolibro 100.
Finales de 1980

Gertrude dijo...

"Dios hace sufrir a los que ama."
TALMUD.

Fausto dijo...

La inmortalidad anunciada. No creo que debamos temerla. Los días iguales pueden ser desterrados.

MartinAngelair dijo...

La noche perfecta para que se bañe tu rostro de luz olvidada y se sequen mis ojos de caprichos futuros.

 
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