6 de febrero de 2008

Últimas Palabras de Pier

Para Ce. Innombrable. Princesa a su pesar.

I

Muy temprano, en el ardor de la adolescencia, Pier y Paolo comienzan a amarse.

Una noche, durante las tormentas del mes de mayo, Paolo grita después de las pesadillas que le azotan sin cesar desde aquella muerte súbita que no saben abarcar. Cuando Pier entra en la habitación, el hermano gemelo yace en mitad de en un charco de sudor, el rostro contraído en una mueca de espanto, los ojos brillantes perdidos en alguna lejanía. Como dos lunas temblorosas en mitad de la oscuridad.

Le acariciará despacio, con palabras dulces que le devolverán la calma, y después le pedirá que se quede, que ya no es posible aquella soledad de su cuarto poblado de fantasmas.

Es el primer amor, el más precioso.

II

El discurrir de sus vidas se hace uno a partir de esa noche. Están fracturados en piezas que no habrá forma de recomponer. Los ojos de Pier, sin embargo, ya son mucho antes pasto de las llamas en medio de los páramos que recorre sin pausa. Se desliza en la cama de Paolo más hastiado del dolor que su hermano.

Ambos se consumen de dolor.

Y se consumen de placer.

Sus cuerpos se restriegan uno contra el otro sabiendo que aparte de esos cuerpos hermosos nunca ha existido nada en absoluto. Esos dos cuerpos que intuyen la ingravidez de las palabras y el cansancio que les pesa como eterno, apenas dos niños.

Pier y Paolo se lanzan a oscuras, buscando el término de la sed que inocentemente creen tan próximo, tan próximo en el sabor de los labios desnudos.

¿Qué más hay además de ellos? Solamente el rumor de las olas entrando a hurtadillas por la ventana entreabierta, en esa noche de mayo recorrida por las brisas del sur.

III

El Renacimiento. Abandonan las clases, dos jóvenes herederos ricos, los gemelos Pier y Paolo, recién estrenados de la muerte de los padres que viajan, muertos en el accidente de coche que ya no vuelven a recordar jamás.

¿Cómo se aman? Se aman interminablemente, aprovechándose del paso lento del tiempo.

La casa junto al mar florece cada día. Es grandiosa. Y es el laberinto de sus vidas, apacible. La recorren despacio, recreándose en su amor. Juntan sus cuerpos al atardecer y solamente el sol del mediodía es capaz de separarlos.

La casa necesita un orden: se dejó dicho. Diariamente les preparan comida, pero nunca les ven. Pier ha dicho que nadie nunca más. Paolo asiente. Está ebrio del amor de su hermano querido. El tiempo ha intentado imponerse. Lo hacen añicos. ¡Qué fácil resulta amarse cuando el tiempo ha sido destronado!

Sí, al mediodía los cuerpos de terciopelo se desperezan entre rayos de sol. Acuden al balcón de la habitación que los acoge, completamente desnudos de sí mismos y contemplan el mar. Son ya los dueños del mar, aquellos vigías de pies desnudos mirando el mar que se derrite.

IV

Abandonan el colegio. Lo abandonan todo. El dinero los mantiene en un margen de ensueño. Pier toma las riendas del poder como un hermano mayor que no es. Tras el goce de los cuerpos el juego prosigue, tal es la magnitud del mundo creado. No entra dentro de lo posible que hablen, desde luego. Pier prohíbe a Paolo que hable. Experimentan el lenguaje de los cuerpos, completamente despojados de ropaje durante todo el día. Pulsan su piel, fuerzan las facciones de los rostros. Inventan palabras para las sensaciones, sonidos para los deseos. Los ojos llegan a ser lenguas en movimiento.

Paolo se descubre feliz. Están juntos, sin parar, continuamente. Se beben mutuamente. Se lavan uno al otro, se susurran gruñidos de amor, ríen descaradamente. Están como desconcertados de la dicha a la que se acogen. Dibujan, pintan. Se pintan la piel, inventan disfraces y personajes que desnudan en las noches de estío. Celebran fiestas paganas, rinden culto a los mares y adoran al sol como su Dios. Saquean los anaqueles de la biblioteca descomunal con un hambre voraz, leen cuentos de hadas, escenifican dramas imaginados. Llegan más lejos, conscientes del amor infinito. Comen de la boca del otro ante el fuego de la chimenea. Beben el agua vertida desde la garganta del otro. Descubren el vino y el sabor de la miel untada a viva piel.

Pier se descubre infeliz. ¿Qué le pasa a Pier? Paolo no lo sabe. Lo observa con curiosidad y acaricia su pelo suave. Hay días, hay días en que el cuerpo de Pier se tensa como un arco, en que sus ojos se convierten en cristal húmedo, en que Pier de pronto no está. Sólo cabe acariciar su pelo suave. Pier siempre vuelve, se dice Paolo como consuelo. Sí vuelve. Vuelve cansado.

Cuando Pier se va, quiere estar solo. Paolo reflexiona en su ausencia: Pier se pierde.

V

Bangkok. Reiko es amada, más bien poseída, por su familia. Está hastiada de ese amor obstinado que no le pertenece. No ha podido responder a ese amor de puerta cerrada y desaparece de Japón, del padre inglés y la madre japonesa. Es deliciosamente mestiza, hermosa como un sol naciente, joven como las lluvias tempranas.

Reaparece en Bangkok. Sólo ha conocido esta clase de amor y quiere buscar frenéticamente el que le ha sido negado. Pero no tiene experiencia de este amor. Y lo que es más grave: no tiene experiencia del dolor. Es delicadamente triste, frágil y a la vez serena tras los ojos rasgados. Llamará muy pronto la atención. No es una turista y se nota. Sus ojos rasgados son inocentes, el mejor reclamo para los buscadores de carroña.

Reiko ha robado dinero, ha cogido un avión y se ha presentado en Bangkok, en el comienzo de la estación de los monzones. No ha dejado ni una nota. No se la merecen. No quiere mirar atrás. Ya no. Se deja mojar por la lluvia caliente y contaminada de Bangkok, en mitad de las calles. Se siente libre. No piensa hacer nada. Se dice que el camino siempre ha sido lo suficientemente amplio.

Sí, tiene los ojos curiosos de la inocencia casi infantil. Ha sopesado las ventajas y los inconvenientes, en su habitación de la casa familiar de Tokyo. Y en un arrebato de pájaro enjaulado ha decidido emprender el vuelo.

VI

Pier está enfurruñado porque cree que el amor se le muere. Tienen un teatro de marionetas. Las noches de lluvia lo trasladan al salón principal y organizan una representación. Pier es quien las manipula. Siempre es él quien lo hace. Aparecen personajes inverosímiles, Pier deja que se desborde su imaginación. Hace cabriolas de funambulista, improvisa poemas de amor subyugante, se desdobla una y mil veces en damas voluptuosas, en caballeros de opereta que recurren al duelo para dirimir sus diferencias.

La risa de Paolo le afirma en el amor. ¿Cuál es el temor que atenaza a Pier? Cree en lo más profundo, anotando las pequeñas evidencias que le deparan los días, que aquello que le desgarra no es exactamente el amor de las novelas, ni el que se escriben con ceniza y en idiomas de fantasía sobre la piel, cuando el fuego de la chimenea se consume. Pier es inmensamente vacío, completamente ciego de sí mismo. Comienza a necesitar apoyos que le apuntalen el alma. Precisa de la mirada de Paolo para que el corazón le pueda latir. Pier es inexistente, pletórico y brillante ante su hermano. Y opaco y melancólico en su soledad. Los otros serán su espejo. Sin él se precipitará por la pendiente de la noche interior. Pier se avergüenza de su desnudez. Cuando le resulta intolerable escapa espantado: el amor se le muere y quiere morir con él.

VII

Las noches de Paolo se hunden interminables en el abismo de un dolor. Teme el momento de la inmersión en el sueño y se distrae en las largas vigilias acariciando la piel del hermano dormido. Sueña con la muerte, o mejor, con la imagen de la muerte. La casa es entonces una desconocida, borrosa en sus contornos. Una niebla pantanosa la recorre sigilosamente. Los ataúdes de los padres muertos brillan de negro luminoso. Alguien lo eleva sujetándole por la espalda, forzándole a ver las caras muertas de cera. Mientras vuela el espacio, resistiéndose al empuje, son de pronto los dos padres en un único ataúd. Sus ojos se dirigen hacia la pequeña ventana de cristal que descubre solamente los rostros de la muerte. En el momento mismo de zafarse de las manos invisibles, los vislumbra apenas un segundo. Se despierta empapado en sudor. El aire tiembla en el fondo de su pecho. No puede recordar los rostros, no puede. Se sumerge en el cabello de Pier para que su olor adormezca la falta de recuerdo.

VIII

Paolo pinta, retirado. Pinta el mar. Una y otra vez, el mismo mar. Lo descubre, sin embargo, cada día distinto. Se recrea en el mar, en sus secretos latidos, en las nubes que lo cubren. Y hay algo de fiebre en el deseo incontenible de no contentarse con verlo allí mismo, cada mañana, acariciando sus pies.

Paolo se siente perdido, quebrado. Asiste impotente a la descomposición del hermano. En el final del verano el amor se ha transformado. Durante días enteros vagan por él ya separados. Se dedicará al mar a partir de entonces y durante el resto de su vida. Quiere atrapar el movimiento del mar y para ello lo observa meticuloso en sus diferentes horas: el mar mortecino del crepúsculo y el mar esplendoroso de la luz vertical del sol. Pinta con la lentitud y la aplicación del que ha sido desposeído del tiempo. Se acoge a esta tarea ardua desconsoladamente. Se recuperará, aunque las mareas a veces se deslicen a su través y le provoquen vértigos de soledad.

IX

Pier pinta, ensimismado. ¿Qué pinta Pier? Es astuto en su envidia de Dios. Pretende crear de la nada. Así como Dios no pudo haber reflexionado a la hora de crear el mundo, Pier abandona su brazo al vaivén de su impulso interior. Se abandona satisfecho y descubre después. Y hay algo de desesperación en las manos nerviosas empapadas de color aplastadas contra las telas. Pier se cansa con facilidad y acaba siendo metódicamente indisciplinado. Pinta loco de fiebre poseído por la mano de Dios y se derrumba cuando se sabe desprendido de él. Pier nota que se cae. Y no hace nada. Se contempla cayendo. Pier trata de pintar el gesto de la caída. Pier pinta descomunales trazos de colores sobre blancas superficies, rabioso de no ser Dios.

X

Paolo atesora las cartas de Pier. Es la época del frío de Pier, mucho antes del final real del verano, cuando Paolo se lo encuentra aterido de frío por las esquinas de la casa, con los dientes apretados. Pier, durante el ocaso de su amor por Paolo, sabiendo que ese amor se le escurre de entre los dedos aunque nunca llegue a ser marchito, le prepara en el advenimiento del final. Pier necesita escapar irremisiblemente. Sabe que vaya donde vaya seguirá acompañándose. Esta idea le aterra: el conocimiento de que no hay lugar en el que pueda guarecerse de sí mismo. Sin embargo persevera en su intención de la huida desbordado por una urgencia irremediable. El frío se le extiende por el cuerpo: es la escarcha de su corazón helado. ¿Por qué se va Pier? Adora al hermano y necesita de su decepción para que la separación no les ahogue de tristeza. Le quiere, sí, y antes de que sea demasiado tarde asesinará su corazón confiado. No puede ser de otra forma dada la actitud de Pier. Se niega a ver a Paolo, lo evita en la casa grande. Le escribe una carta y deja la pista para la siguiente. Durante varias semanas Paolo es esclavo de esas cartas apresuradas de Pier que le hacen peregrinar la casa para leer al hermano herido. Y una noche, mientras Paolo viaja hacia los ataúdes de los padres muertos, en la dulzura aparente del sueño, Pier se prepara. Acecha su despertar sudoroso. Cuando grita tras la pesadilla, Pier la continúa. Tiene la cara pintada de sangre, de su propia sangre, y muestra a Paolo sus venas abiertas, su rojo cruel. Paolo no parará de gritar: Pier le muestra el rostro de la muerte que cada noche se escabulle de las sábanas. A la mañana siguiente Pier desaparece. Nunca volverá a la gran casa junto al mar.

XI

Bangkok es una ciudad enloquecida. Reiko ha solucionado el problema del alojamiento y se dedica a pasear las calles que parecen no tener fin. Camina feliz una vez estrenada su libertad. En el fondo piensa que hay algo insano en los olores indescriptibles que la abordan de repente como el impacto de un golpe inesperado. Y aquel calor, aquel calor... Está mezclado con el humo del tráfico y la humedad insoportable. Reiko tiene que dejar de soñar con la frescura de las noches. El calor se hace entonces agotador. Aprende de la gente, aprende a no sudar y a no precipitarse. Camina despacio: de otra forma su cuerpo se hubiera evaporado.

Tiene bajo los ojos signos de un cansancio de perdición. Es tierna dentro de su piel pálida y se compadece de la pobreza, de las mujeres arremolinadas en las puertas de los prostíbulos enmascarados. Observa el silencio resignado de esas mujeres de espectáculo. Es un silencio único que no había conocido: el de la resignación majestuosa.

El incienso y el desperdicio la subyugan por igual. Echa de menos la falta de todo en su vida. Necesita urgentemente labrarse en esa piel pálida el transcurrir de una existencia. Piensa: aquí hay amor a pesar del desperdicio.

XII

Desde la desaparición de Pier, Paolo se acoge al beneficio de los días pasados junto a él. Y comprende. Comprende que una vez tocado el fondo ha braceado de nuevo a la superficie a potentes golpes de instinto, en un proceso penoso de vuelta a la respiración. Busca en los innumerables amantes pinceladas del hermano desaparecido. No renuncia a sepultar su recuerdo, que resulta tan vívido que es irremplazable en el amor de cualquier otro. Memoriza las cartas del amor único, gasta el dinero inmenso en rastreadores de su pista. Le resulta intolerable la amplitud del silencio de Pier. Todo parece indicar que sus pasos han sido sigilosos. Nadie ha sabido verlo. Todo parece indicar que hasta el más valioso de los recuerdos se apaga y se consume imperceptiblemente, aunque Paolo se sorprenda a veces besando su propia imagen en el espejo como si fuera la del mismo Pier. Pier siempre vuelve, se sigue diciendo Paolo como consuelo.

Y Pier, Pier es el frío del invierno. Sigue sumergido, amoratado por la falta de aire. Pier se desliza de puntillas allá donde va. ¿Se ha dirigido a algún sitio en particular desde la escapada? Incluso él no sabría decirlo. Deambula, vaga por los caminos del mundo como si todos ellos fueran un solo desierto. No existen amores en su vida. Y ello a pesar de la hermosura profunda que le otorga la tristeza. Ahora está en Bangkok, en la búsqueda desenfrenada del calor. Incluso el calor de Bangkok le parecerá insuficiente. Allí conocerá a Reiko. En un rincón de Asia.

XIII

El sufrimiento era hasta entonces un pie de fotografía que se desvanecía en el rápido recorrido por las páginas de una revista. Ahora la carne se hará una con él.

Patpong. Será en esta zona de la ciudad donde los vericuetos de las calles esconden el sexo omnipresente. Le ofrecerán, en el bullicio de la muchedumbre anónima, una subida a la parte alta de un edificio destartalado. El mejor sexo de Bangkok al mejor precio. Subirá desarmada por las risas de aquellos hombres, las risas de Bangkok que todavía no sabe diferenciar. Se sentirá alentada por el deseo impaciente de la aventura que se le ha negado en Tokyo. No habrá ni una rendija para la duda.

Reiko piensa: no es posible otro olor más en la ciudad. Pero sí lo es. El olor del sexo encerrado bajo llave, el sudor del sexo hirviendo al calor de los monzones. Se siente estremecer por ese olor.

XIV

Es un juego de niñas. La habitación es más bien pequeña, alargada. O quizá grande: no puede adivinar el final de la penumbra. Está en el límite de la oscuridad, en una oscuridad ensordecida por música de baile. Los focos iluminan el mostrador, solamente el mostrador central de las barras brillantes que se elevan hasta el techo. Hay humo caliente allí, los focos se encargan de delatarlo. Ese aire caliente es tan eléctrico, tan pletórico de tensión, que Reiko está a punto de desvanecerse. La sientan, le ofrecen un vaso de un alcohol abrasador. Ella lo bebe entre lágrimas de sudor. Ellos la observan divertidos, apoyados en la puerta por la que han entrado, ahora completamente cerrada, definitivamente cerrada. Trata de no perder la orientación, busca de vez en cuando las referencias de aquella puerta. Piensa que tal vez tuviera que escapar. Aparte de ellos apenas hay cuatro o cinco figuras más, borrosas, desperdigadas, sentadas en los laterales del local. Descubre que no hay ninguna otra mujer. Solamente ella está sola.

XV

El juego de las niñas. Andan despacio a lo largo del mostrador, casi desnudas, más desnudas todavía en la luz implacable de los focos. Son niñas, innumerables, y no bailan, simplemente se mueven. ¿Realmente oyen la música? Ofrecen los cuerpos como si no les pertenecieran. Los deslizan por las barras con la sinuosidad de las serpientes. Reiko siente sed. Le ha bastado con mirar a su izquierda para que uno de ellos se acerque con otro vaso. La sed será a partir de ahora sin medida. Ellos se ríen, no hay duda, se ríen de ella. ¿Pero cuántos son ellos? No puede recordarlo. Beberá con una sed que no ha conocido antes. Es criminal este alcohol de Bangkok, piensa. Algo en el fondo de su cabeza va desfalleciendo, aunque no sabe identificarlo. Es tan terrible aquello que ve..., es tan terrible la atracción, el cansancio... Reiko ha nacido con el estigma de la desilusión. Nota que la sangre se desboca por primera vez en sus venas encabritadas.

XVI

Patpong. Cuando Pier siente frío ellas procuran con su calor que no sobrevenga el decaimiento del cuerpo. Se turnan durante los días y las noches y se acuestan junto a él. Utilizan el aliento, las manos, la dulzura de sus labios. A veces son dos o tres de ellas las que duermen en su rincón, alarmadas por el temblor de Pier.

Un día, hace algún tiempo, Pier aparece desmayado delante de la puerta. Lleva un pequeño maletín. Andrajoso, extremadamente delgado, la lluvia del monzón riza el pelo de su barba. Se desmorona allí mismo, a su puerta. Lo acogen. Son cinco mujeres las que viven en aquel refugio humilde al que acuden tras vender su amor. No hay hombres con ellas. Están los hijos. Y ahora está Pier. Lo recogen del suelo. No dejarán de sorprenderse de su belleza, del brillo de los ojos depauperados. Lo alimentan. Desde ese momento aceptan su presencia. Sin mediar palabra. La presencia muda del hombre de los ojos tristes. Lo cuidan en su aparente enfermedad. A cambio él se ocupa de los niños, cuida de la casa, prepara el arroz.

Ellas trabajan de noche. Antes de marchar, Pier las ayuda a vestirse, maquilla sus rostros para el placer, cepilla sus cabellos negros. Ellas se dejan hacer. Temen que se les muera en un ataque de frío. No habla aunque siempre se mantiene despierto. Se sienten reconfortadas cuando al amanecer él las espera, una a una, con un gesto de ansiedad y algo de comida entre las manos. Pier vela su sueño por el día. Quizá tema que alguien se las arrebate. Quizá sufra en su ausencia por estas mujeres y por sí mismo. Por eso cuando alguna de ellas, envuelta en llanto, se echa en sus brazos al amanecer, él escucha embelesado sus lágrimas con caricias de extrema dedicación.

XVII

Ellas eligen los días de fiesta. Entonces no se sale de noche. Descansan y se levantan temprano. Se encaminan a un templo cercano y se arrodillan descalzas delante de Buda, con las manos perfumadas de incienso y loto. El recogimiento de los rostros de la gente, postrada ante Buda, fascina a Pier. El hace como ellas. Trata de esbozar alguna plegaria pero su mente se distrae fácilmente con la embriaguez de los sentidos. Ellas se lo reprochan casi enfadadas y le pellizcan los brazos. Empiezan a conocer a aquel hombre de las marionetas. Los niños adoran a Pier, se encaraman a sus brazos mientras aún permanece arrodillado. Trata de quitárselos de encima y hace muecas para asustarlos. Todos tienen que aguantar la risa.

Es un día de calor. Incluso para Pier. Recorren los mercados. Esta ciudad disfruta de una algarabía perpetua. El cielo permanece claro aunque las calles son barrizales por los aguaceros intermitentes. Mientras ellas compran, él se afana para que los hijos no se distraigan y se queden atrás. Los aromas son fuertes bajo el sol abrasador. Al mediodía, en la culminación del calor, descarga una tormenta.

A Pier le gustan especialmente esos días de fiesta. No hacen nada en particular. Los dedican exclusivamente a ellas, a los niños, a Pier. Pier goza en la languidez de ese tiempo que se detiene. Hacen limpieza general, incluidos los cuerpos. Se frotan unos a otros. Las mujeres aprovechan para escrutar más detenidamente a Pier. Tratan de enseñarle palabras tai. Pero él nunca es capaz, no sabe, se le escapa esa música de las bocas tai. A ellas les encanta su torpeza, la ternura de su ignorancia. Ríen y acarician esa ternura que se le extiende desnuda por la piel. Pier también ríe. Se siente privilegiado de poder verlas por el día, más hermosas si cabe que por las noches. Advierten las cicatrices de los antebrazos. Él con sus gestos parece decir que no recuerda.

El baño de los niños es exclusivo de Pier. Les muerde las orejas, las narices diminutas. Se vuelven como locos esperando su turno. Después del baño corren a buscar el pequeño maletín. Se hace un silencio más respetuoso: el hombre de las marionetas prepara una de sus funciones aprovechando los últimos suspiros del día.

XVIII

El rostro de Reiko: espejo donde se reconocen los semblantes perdidos. En el fango, los pétalos de Reiko se abren como las flores de loto que Pier ve crecer maravillado. Sí, el rostro de Reiko será como un imán. Pier sabe del peligro de esa atracción. Ella se les presenta, calada y marchita, en los preparativos del trabajo nocturno. No ha hecho el menor ruido. Se queda allí, de pie, mirando. El ángel corrompido ha descendido de los cielos, tal ha sido el sigilo de su aparición. Allí está el segundo amor de Pier, el amor que surge de la contemplación.

XIX

Es un pasatiempo, la contemplación, en aquella gente de Asia. Pier ha recuperado la capacidad de ensimismamiento, la abierta observación del mundo, la franqueza de la mirada. La vida lenta y contemplativa, el placer, la visión suspendida en el fragor de un silencio. El silencio tan sólo aparente.

Reiko: el ángel caído. Está mortalmente herida en las plumas blancas de sus alas recién estrenadas. El cuerpo es un mapa de cordilleras golpeadas, su sexo sangra varias veces cada día por las entrañas una y otra vez atravesadas a zarpazos de insaciable ferocidad. Las mujeres le aplican ungüentos. Se hace venir a un médico. Se teme por su vida. Las mujeres la aceptan. Como a Pier. Hay algo que las preocupa, no obstante, y es la sorprendente similitud de la desesperación que anida en los dos extranjeros.

Por las noches Pier es el guardián celoso de su sueño. La contempla y juega a adivinarla. Se mantiene en vilo por ella. Sus lamentos son atroces en el silencio de la casa. Pier no sabe muy bien si por la fiebre de terribles pesadillas o por el dolor lacerante del sexo hinchado. Aprieta su mano con fuerza. El interroga las facciones del rostro. Intenta interpretar, en la peculiaridad de cada uno de los lamentos, la ley que rige el dolor que la sacude.

Está tendida, desnuda, cubierta con una sábana que conviene retirar cada poco tiempo para que el calor no la pegue a sus heridas. Pier calma esas heridas, seca su sexo de la sangre que se derrama desde dentro, enjuga su frente, refresca su fiebre. La contempla asfixiado por el frío y por el amor que le emerge también como un lamento.

XX

La memoria de Pier. Se ha desprendido de ella como la serpiente que muda de piel por la incapacidad de aligerar el peso intransferible de una memoria remota. Recuperará la capacidad de la memoria. ¿Cómo sucederá? Se quedará dormido...

La casa junto al mar. Paolo trabaja en el mar de sus telas. Su mano es temblorosa. Pinta de memoria un mar de tonalidades cálidas. Piensa que es un mar inédito entre todos los que ha realizado. El pincel se le cae de la mano. Al ir a recogerlo se desploma inconsciente, derribando la tela y el caballete en su caída. Permanece en ese estado, en esa posición, varios días. Se despierta como si regresara de la muerte, en un escalofrío helado, en mitad de un grito ahogado. Ha tenido un sueño. Tan vívido, que preferirá llamarlo premonición. El está en la playa, en una mañana calurosa de luz desbordante. El mar es de un azul muy claro, transparente. El cielo se rasga en nubes rojizas. Frente a él, cerca de la orilla, descansa una figura envuelta hasta los pies en una túnica blanca. El sol le ciega los ojos. Se acerca un poco más y el hombre se vuelve. Se trata de Pier. No ha podido reconocerlo. Tiene el pelo largo, barba. Pronuncia su nombre. Pier no responde. Le sonríe. Se despide de él agitando la mano. Se va adentrando en el mar, mirando siempre hacia Paolo. Trata de detenerlo, corre hacia él. A pesar del movimiento frenético de sus piernas no consigue acercarse, más bien se aleja de la orilla. Quiere pedir ayuda pero tampoco puede gritar. Pier se deja engullir por el mar. No deja huella alguna en el mar, no hay espuma, no hay el menor temblor del agua. Paolo se precipita sobre la arena, como muerto. Dos personas se acercan a él. Son una mujer y una niña. Lo sujetan una de cada brazo, lo incorporan. No repara en sus rostros, sólo en el mar de enfrente y en el calor extraño que desprende ese mar que desconoce. El mar que se ha llevado a Pier. Y entonces grita, en el tránsito de la inconsciencia al amanecer helado.

... y gritará el nombre de Paolo en una desmesura de llanto incontenible. Pero es a Reiko, todavía dormida, a quien descubre a su lado en el despertar turbio.

XXI

Reiko mejora ostensiblemente con el paso de los días. Resulta curioso el aspecto del hombre de las cicatrices. Durante las noches nota las manos de ese hombre sobre su cuerpo herido, observa la delicadeza de las manos cuidadosas. Lo ve dormitar a su lado, su mano recogida en la suya, en el insomnio de su dolor, y lo adivina profundamente dañado por alguna razón inexistente. La debilidad de ese hombre es tan pronunciada que teme que una noche, al quedarse dormida, se le vaya arrastrado por el aliento de sus gemidos. Reiko sueña con él y no puede creerse que exista al despertar. Trata de acordarse, en los pensamientos febriles, de que ha de besar sus manos cuando se recupere.

Existe más gente aparte del hombre occidental. Gente tai. Hay niños muy pequeños que la visitan a menudo. Se quedan mirándola fijamente, cuchichean entre ellos, le acarician la mejilla. Finalmente se van. Los oye jugar después, en otra parte de la casa. Hay mujeres también. Es difícil verlas por las noches. Suelen aparecer en la plenitud del calor o en el término del atardecer. Pululan por la habitación. Encienden incienso para ella y luego se sientan a su alrededor. Hablan y discuten de cosas aparentemente triviales, como si fuera una de ellas. Todos los días vienen esas mujeres y la acompañan durante un rato. Después se queda solamente una. Examina la fiebre de su frente y masajea su cuerpo lentamente. Le habla, le sonríe. Reiko se deja llevar. Solamente pueden ser palabras dulces estas palabras tai. Ha olvidado cómo ha llegado hasta allí. De momento. Por ahora únicamente desea quedarse en esta casa. Refugiada.

XXII

Nunca se sabe por dónde ha de venir este hombre. Muchas veces Reiko se sobresalta al sentirlo de repente a su lado. Es un aparecido. Se aparece hoy con hojas de papel arrugado, pinceles, tinta de China negra y roja. No tiene fuerza suficiente para la sorpresa.

¿Cuánto tiempo lleva allí? El tiempo se le estira y se le achica sin el menor orden. Últimamente nota un hundimiento en el vacío de su estómago. Es la misma tristeza sorda de las tardes de Tokyo. La tristeza incurable de un desbordamiento, de la inquietud permanente de su juventud. No existe remedio alguno en la falta de sentido del mundo, lo sabe. Se desliza, arriba y abajo, en la sinrazón de su ánimo, sin la posibilidad de una interrupción.

No puede estar sola. Le hace agonizar la rotundidad de esta evidencia, ahora que el retroceso en el dolor punzante de su vientre hace posible la sutileza del encarcelamiento mental. A la vez, no tiene la paciencia de la amistad. Este desamparo insalvable siempre ha excitado el deseo de salvación en los hombres, que ella ha rehusado.

¿Por qué está allí? Le abruma la falta de una explicación. Entretanto está ese hombre que la cuida, desplegando papeles amarillentos sobre el suelo. Da por sentada la imposibilidad de la comunicación, eso es lo que parece. ¿Pero qué le pasa?

XXIII

El desencadenamiento del amor se producirá durante la travesía de las noches solitarias. Es entonces cuando él se desliza en el roce de Reiko, interrogante de su aliento. Intuye el momento exacto de la entrada, con una precisión clarividente en la indagación de los huecos de ella sobre los que ha de reposar. Hablan un inglés imposible, escurridizo: están más cómodos en el silencio de las miradas extasiadas. Son dos pájaros que pierden la capacidad del canto, inmersos en una irresponsable ceremonia de destrucción, seducidos por el fulgor del abismo. La pérdida del tiempo es tan irreparable que ella se deja impregnar por el hombre extranjero de las cicatrices sin que la exasperante inamovilidad del paso de los días resulte más un problema. El amor del hombre no deja de ser un balbuceo, la sorpresa de un descubrimiento. Ella se sorprende a su vez de los relámpagos del amor desencadenado.

Ella le pregunta qué sucede. El le enseña los dibujos de los dos niños idénticos, cogidos de la mano, suspendidos en el aire sobre un mar tempestuoso de color rojo. Ella quiere más y él dibuja una casa junto al mar rojo. Es enorme, esa casa, y los niños son diminutos y tristes en el aire amarillento del papel.

Reiko cogerá el pincel de las manos del hombre y pintará una mujer tumbada con los brazos y las piernas extendidos. Pintará muchos hombres a su alrededor, sin rostro, con el sexo en punta de flecha. Pintará por último el sexo de la mujer como un amplio círculo rojo del que gotearán lágrimas rojas. Reiko llorará mucho, inmediatamente después.

El hombre la atrae hacia sí. Le susurra al oído para que repita después en japonés. Le pide que lo escriba en ese idioma inverosímil. Ella reflexiona un momento, siente un ligero escalofrío y recorre el papel con el pincel humedecido de negro. El hombre le pide que se vuelva. Copia las palabras cuidadosamente sobre la espalda de Reiko. Dicen: "Preciosa agua que no ves con los ojos salpicados". Aproximadamente.

XXIV

Reiko ve el frío del hombre por primera vez. Su cuerpo se convulsiona de la intensidad del clima que lo posee. Se aplica en su destrucción, implacablemente, roto desde algún momento del pasado. Presta atención a la ventana, a las nubes arremolinadas en un cielo de tormenta. Tiembla de frío en mitad del calor de Bangkok. Parece que espera. No es posible imaginar qué pueda ser. Está allí, al lado de ella, en la impaciencia de una espera.

En el diluvio, en los relámpagos subsiguientes, el hombre, completamente desposeído, busca ansiosamente el cuerpo de Reiko. Ella siente, por primera y única vez, su sexo dentro. Se mueve allí dentro, siguiendo el ritmo del agua vertida por la tormenta. Se detiene un instante, en el descanso del cielo, y se desata por fin en una helada lluvia de nieve. Es el frío del hombre en el vientre aquella humedad de gelatina.

A la mañana siguiente el hombre desaparece. Nunca volverá a la casa de Bangkok. Ha repartido el contenido del maletín entre los habitantes de la casa. Marionetas para los niños, una cantidad indecible de dinero para ellas. Las mujeres permanecen en silencio. El hombre se ha ido sin nada, más vacío que a su llegada. ¿Hay algo para Reiko? Sí. Los dibujos, una fotografía borrosa de los hermanos gemelos, todavía muy niños, riendo a una cámara; una fotografía de una casa grande a los pies de un acantilado, cerca del mar. Detrás de la primera se leen dos nombres escritos con la mano del hombre: Pier, Paolo. Detrás de la segunda figura una dirección mecanografiada. ¿Hay algo más? Sí. Un sobre dirigido a Paolo.

Será una niña y se llamará Satoko. La hija de Reiko y del hombre extranjero. Nace de la milagrosa conjunción de frío y calor, en plena nieve de primavera. Por ello la llamará Satoko, la antigua heroína de Reiko, cuando en las tardes intolerables de Tokyo lee con la devoción del pájaro enjaulado.

XXV

Paolo se sirve una copa más de licor. ¿Cómo bebe Paolo? Como si una sed de desierto polvoriento, plenamente insatisfecha, recorriera sus venas azules. Es el mar el que brama, aunque más voces se precipitan mente abajo dentro de las cabezas de Reiko y Paolo. El crepúsculo se disuelve en el límite del mar y una noche nublada se abate sobre la casa como paredes que fueran a aplastarla. Es la casa de Paolo junto al mar, la casa huérfana de Pier. Y es tan tarde que Paolo hubiera querido haberse derramado por la borda mucho antes, cuando vivir era todavía un deseo apasionado de la muerte.

Paolo se deshace, a Reiko le parece evidente. Es de gas, una imagen de cine proyectada sobre una sábana que ondea al viento, los rasgos descomponiéndose a cada ráfaga. Sus ojos son capaces de mantenerse incandescentes, intentando descifrar, con la extrañeza persistente que ya ha conocido, aquella inexplicable separación de todo cuanto les rodea. Desde luego son iguales: aunque cada gota de agua adquiera una forma distinta, no pueden negar su agua. Y Reiko se refleja en la de ellos.

Pasarán varios años antes del encuentro. Intentará encontrar al hombre, con Satoko entre los brazos, hasta la certidumbre de aquella inutilidad. Volverá después a la casa de las mujeres en Bangkok y vivirá junto a ellas, cultivando una paz que no dejará llegar. Los ojos somnolientos de Satoko se convertirán cada mañana en los del hombre extranjero desarmado tras las pesadillas. Se presentarán en la casa junto al mar, una vez que el círculo del tiempo haya medido el camino del retorno. Paolo las reconocerá como las mujeres de su premonición y Reiko le entregará el sobre del hermano. El lo rasgará despacio. Leerá: "Te ruego que las ames". Levantará la mirada hacia Reiko y Satoko. Se cruzará con los ojos de Satoko, puros de diamante. Ella le sonreirá.



39 comentarios:

MartinAngelair dijo...

A veces, en tu presencia, recuerdas, me quedaba sin palabras cuando quería seguir con mi propia conversación dirigida a tus oídos.

Me enfadaba contigo injustamente, porque en realidad estaba muy enfadada conmigo misma.

Hoy tampoco tengo palabras, o suficientes, para esta conversación.

Eres… insuperable.

Eso sí, hay frases por todo ese mar de palabras que las coseré y empezaré a construir una oración.

“Y me la aprenderé de memoria, para rezar todas las noches”

Gertrude dijo...

Mañana mismo me cojo un avión para Bangkok, tengo que encontrar a Pier y hablar con él. No puede haber desaparecido.

Fani dijo...

Rediós!

Gertrude dijo...

Por cierto: Satoko, la nieve de primavera... Yukio Mishima y el mar de la fertilidad. Ya vamos atando cabos :)

El Príncipe Anarquista dijo...

El Príncipe Anarquista dice: una historia escandalosa, vibrante, emocionante, perfectamente triste, sin concesiones. Pier y Paolo son la misma persona disgregada en dos partes tan diferenciadas que hasta el incesto se me hace real. La muerte, el deseo, la duda, la desilusión... Todo perfectamente combinado con esas frases cortas, sin florituras. Podría haber sido explosivo... pero resulta embriagador.

Otrora dijo...

Un cuento desgarrador, se llega a palpar la amargura y sin embargo tan delicado en el lenguaje. Desde sus entrañas llega a plantear tantas preguntas, así conmueve:

- Conmueve como esa “pasión” tan dulcemente descrita deja tan poco espacio para el amor (a uno mismo, al resto...)
- Conmueve ese afán por destruir “sin pretenderlo” que inexorablemente acaba por derrumbar todos los lazos que nos mantienen y nos hacen disfrutar el día a día, aquí.
- Conmueve cuando a la traición se la quiere llamar de otra manera porque no somos capaces de justificarla y no somos capaces de asumirla para así pretender refugiarnos “plenamente” en otras convicciones, otros caminos...
- Conmueve la búsqueda de la tortura cuando no se es capaz de sentir la paz, la felicidad que nos pertenecen, que todos llevamos dentro y que es un tesoro tan protegido que hasta a nosotros mismos nos es casi imposible descubrir.
- Conmueve por el fatalismo estremecedor que conlleva la falta de un horizonte futuro.
- Conmueve por la quietud ante el advenimiento de los hechos.

MartinAngelair dijo...

LOVE AND ROCKETS

Álbum: Lift (1998)

Temas:
1.- Lift
3.- Holy Fool
7.- Ghosts of the multiple feature

Y por supuesto, la número 10.- My drug. Con ésta me iba a trabajar por las mañanas tan contenta que me daban ganas de meterme en algunos establecimientos de sopetón para dar los buenos días…coche incluido.

Fani dijo...

Traición ? Dónde está la traición ? Veo amor y desamor, y por supuesto pasión, no creo que estén separados en esta historia, ni tampoco en la vida real (como norma general). Veo dolor poéticamente tratado. Y dónde no hay dolor ? Quién no siente el dolor ? La poesía ataca al dolor por la puerta de atrás, por donde más le duele. Y lo trasciende. Pero el dolor existe porque hay placer, por eso nos damos cuenta de las dos sensaciones. Son complementarias, como las dos caras de la moneda. Siempre se puede torcer la cabeza hacia otro lado. De hecho la actitud predominante en la sociedad actual es darle la espalda al dolor: si existe, yo aparto la mirada y tan campante, que se arreglen solos, cada uno con lo suyo, ese sitio donde se mata gente queda tan lejos... No asumir/reconocer el dolor propio o ajeno es reconocerse egoista. Aparte de todo esto, la opinión del Príncipe acerca de la única personalidad dividida en dos del protagonista (Pier/Paolo) me parece muy acertada y le otorga un valor añadido al cuento... En fin, vaya rollo. Que me ha gustado mucho!!!

Anónimo dijo...

la frase corta y el tiempo verbal. es llamativo el uso del tiempo presente.

Anónimo dijo...

pier paolo... pasolini ?

Sean dijo...

Me ha emocionado, no es un cuento al uso, tradicional. es como prosa poetica, o poesia en prosa.

Anónimo dijo...

Buena forma de terminar el día. Puro de diamante: el cuento.

Fleur dijo...

No creo que solamente sea a mi.. no puedo dejar de imaginarme a los gemelos de Inseparables. Jeremy Irons y David Cronenberg.

Anónimo dijo...

el más desesperado de los tres. también el más hermoso.

MartinAngelair dijo...

Esto empieza a ser Ionesco. Que cuando era joven, perdón, más joven, se tragaba bien, mientras declamaba en francés, tacones mínimos eso sí, maquillaje de teatro.
Está claro que aparte de las arrugas, el tiempo en una mujer, se define por la paciencia o la tregua que se le da a los sublimes externos, cuando marcan los puntos cardinales en mapas de relieve.
Se ha entendido?... No, verdad?
Pues yo, ídem, y eso que gasté un poco más de tiempo en escribir que en pensar.
(Sigo a lo mío, que por lo menos es remunerado)

(No estoy enfadada, esto sólo me pasa cuando no entiendo la sintaxis)

Sean dijo...

Happy ending

Aunque la noche, conmigo,
no la duermas ya,
sólo el azar nos dirá
si es definitivo.

Que aunque el gusto nunca más
vuelve a ser el mismo,
en la vida los olvidos
no suelen durar.

Jaime Gil de Biedma

Princesa a mi pesar dijo...

Llego aquí sin memoria
y seguramente extraviada.
Revélame
cuál es el lugar de la belleza. Cuál el de los sueños destruidos. Cuánto hay que andar
hasta el punto exacto en que se cruzan
el atardecer y las alas florecidas
de un perro.
Hemos dibujado mapas
hacia ninguna parte.
Somos sombra interior. Lugares frescos.
Señas de identidad para la próxima partida.

Anónimo dijo...

chapeau!

Hiperión dijo...

Tremendo cuento. Te ruego que las ames... Yo soy Paolo cuando Satoko, la de ojos de diamante, le sonríe.

Fene dijo...

Intento comprender, sin conseguirlo, esta sensibilidad extrema del escritor, también innombrable como su Ce. El no conseguirlo me atrapa como la sensación del viento: quiero decir, está ahí pero no puedo verlo, ni tocarlo... Sólo puedo esperar y desear que vuelva a suceder.

fleur dijo...

No Ordinary Love - Sade.
El mismo tempo, la misma sensibilidad.

MartinAngelair dijo...

Están fracturados en piezas que no habrá forma de recomponer.

Ambos se consumen de dolor.

Y se consumen de placer.

Se lanzan a oscuras, buscando el término de la sed.

El Renacimiento.

¿Cómo se aman? Se aman interminablemente.

Es grandiosa. Y es el laberinto de sus vidas, apacible. La recorren despacio, recreándose en su amor.

Juntan sus cuerpos al atardecer y solamente el sol del mediodía es capaz de separarlos.

La casa necesita un orden: se dejó dicho.

Como un hermano mayor que no es.

Tras el goce de los cuerpos el juego prosigue, tal es la magnitud del mundo creado.

Pulsan su piel.

Se beben mutuamente.

Saquean los anaqueles de la biblioteca descomunal con un hambre voraz.

Llegan más lejos, conscientes del amor infinito.

No ha podido responder a ese amor de puerta cerrada y desaparece.

Arrebato de pájaro.

Se escriben con ceniza y en idiomas de fantasía sobre la piel.

Pier es inmensamente vacío, completamente ciego de sí mismo.


COMIENZA A NECESITAR APOYOS QUE LE APUNTALEN EL ALMA.


Mientras vuela el espacio, resistiéndose al empuje.

El aire tiembla en el fondo de su pecho.

Se sumerge en el cabello de Pier para que su olor adormezca la falta de recuerdo.

Hay algo de fiebre en el deseo incontenible de no contentarse con verlo allí mismo.

Quiere atrapar el movimiento del mar.

Le provoquen vértigos de soledad.

Es astuto en su envidia de Dios. Pretende crear de la nada.

Se abandona satisfecho y descubre después.

Manos nerviosas empapadas de color aplastadas contra las telas.

Pier se cansa con facilidad y acaba siendo metódicamente indisciplinado.

Pier trata de pintar el gesto de la caída.

Paolo es esclavo de esas cartas apresuradas de Pier que le hacen peregrinar la casa para leer al hermano herido.

Cuando grita tras la pesadilla, Pier la continúa.

Es un silencio único que no había conocido.

Echa de menos la falta de todo en su vida.

...

(Parte de la oración)

Hiperión dijo...

No hay otra manera de acercarte/ a la boca: cuántos soles, cuántos mares ardiendo para que no fueses nieve: cuerpo / anclado en el verano: las aves marinas / te coronan la cabeza en su vuelo: inacabada música/ liberada de los dedos: luz derramada por el dorso, en la cintura,/ más dulce sobre las nalgas para llevarte a la boca, cuántos mares / ardieron, cuántas naves.

Eugenio de Andrade

Fausto dijo...

He seguido el orden y no puedo sino mostrarle mi admiración y mi deseo de que no sea este el último de sus cuentos:-) Enhorabuena por sus hermosas frases cortas y gracias por compartirlas.

MartinAngelair dijo...

FIN DE LA ORACIÓN

Se aparece hoy con hojas de papel arrugado, pinceles, tinta de China negra y roja.
No tiene fuerza suficiente para la sorpresa.

SE DESLIZA, ARRIBA Y ABAJO, EN LA SINRAZÓN DE SU ÁNIMO, SIN LA POSIBILIDAD DE UNA INTERRUPCIÓN.

No puede estar sola.
Le hace agonizar la rotundidad de esta evidencia, ahora que el retroceso en el dolor punzante de su vientre hace posible la sutileza del encarcelamiento mental.
A LA VEZ, NO TIENE LA PACIENCIA DE LA AMISTAD.

Es entonces cuando él se desliza en el roce de Reiko, interrogante de su aliento.

Precisión clarividente en la indagación de los huecos de ella sobre los que ha de reposar.

El amor del hombre no deja de ser un balbuceo, la sorpresa de un descubrimiento.

Ella se sorprende a su vez de los relámpagos del amor desencadenado.

Está allí, al lado de ella, en la impaciencia de una espera.

Se detiene un instante, en el descanso del cielo, y se desata por fin en una helada lluvia de nieve.

Será una niña y se llamará Satoko.

Es el mar el que brama, aunque más voces se precipitan mente abajo dentro de las cabezas de Reiko y Paolo.

Cuando vivir era todavía un deseo apasionado de la muerte.

Es de gas, una imagen de cine proyectada.

Desde luego son iguales:
NO PUEDEN NEGAR SU AGUA.


Los ojos somnolientos de Satoko se convertirán cada mañana en los del hombre extranjero desarmado tras las pesadillas.

Puros de diamante.

Tamaña oración para un bautizo que empezaba a resignarme por no vivir.

Mis saludos matutinos: Esperanza y Fe.

Fundamentales para levantarse y esperar el día y ... la noche si Dios quiere...

Gracias por inventarme algo que memorizar.

Un besote de eFe, Ce, Be, eNe, Luci, y las que sigan detrás.

MartinAngelair dijo...

... y de eMe... por supuesto; nada más natural... y coloquial.

Claire dijo...

No tengo palabras para tal inmensidad, pero no perderé la compostura. Este sitio interespacial es subyugante, se entra pero no se sabe cuándo se sale. Un beso de amor, por qué no aventurarse a ello. Por el amor que provocais en mí.

Fani dijo...

El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las
sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo
ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una
pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo
la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante
años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería
seguir viviendo.
Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido
aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser
amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y
se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol
anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa
región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero
no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad
se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos
muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.
Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo
nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían
oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al Poniente.
Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía
nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas,
caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las
sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado
cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa,
al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de
la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela
al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el
descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.
James Joyce - Dublineses - The Dead

Adrian dijo...

fascinante relato, una maravilla. un saludo. me pondré en contacto contigo por correo mail.

Anónimo dijo...

¿Qué pasará ahora con mi amor? ¿Cómo voy a
ahuyentar el rostro que aparecerá ahora entre nuestros
labios? ¡Noche por medio en las mismas calles!

J Joyce.

Anónimo dijo...

Recientemente he estado en Tailandia, y es el calor paralizante que siento aquí. Mal sitio para pasiones profundas, te deshidratas al primer digusto. Me gusta Reiko y ese anhelo de autodestucción. En realidad sólo me ha disgustado que fuera tan corto.

Fani dijo...

Poco a poco se está conviriendo en un cuento ilustrado. Buena idea agrupar tags por temática. Gemelos, ángeles, mariposas... Ánimo.

Vladimir dijo...

Para el argumento de una película francesa, con banda sonora suave y minimalista, con actores desconocidos pero brillantes y perfectos. Me recuerda a Margarita Duras. Emocionante, tienes que leerlo de un tirón.

Rosario ( calor de julio ) dijo...

Me puse una copita de vino y leí tu cuento ¡ no esperes que saque conclusiones ! ( el vino era "del montón" aparte de ese fondo tan..."especial" me fascinó el erotismo ¿ ? brindé por el escritor.Un abrazo

caramelo dijo...

con la crudeza de la vida misma y profundamente bello a la vez; de la destrucción del dolor simpre quedan algún sobreviviente

DianNa_ dijo...

Uy Camille, que precioso cuento, me ha encantado leerlo... seguiré indagando en tu blog , cada cosa que leo me gusta... pero este cuento es impresionante.
Gracias por compartirlo.
Muchos besos niño^^

Raquel Fernández dijo...

Sigo leyéndote y dejándome atrapar por tu increíble manejo del lenguaje. Tus textos son bellísimos.
Un abrazo!

DianNa_ dijo...

Cuando volverás a escribir un cuento? me envolviste en la magia de este y no quiero salir :)

Besitos, niño guapo :)

raga dijo...

estremendo...!!!

grecias

abrazo Brancussi, beso incluido!

 
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